Penal 01.
Considerada la prisión de máxima seguridad más estricta de todo el país.
Los que terminan encerrados aquí son, por lo general, los criminales más peligrosos.
Hoy, sin embargo, a las afueras de los enormes portones del Penal 01, había varios autos de lujo estacionados.
Con un chirrido metálico, las pesadas puertas de la prisión se abrieron.
Una chica de cabello corto, figura delgada y una mochila al hombro salió caminando de su interior.
Su corte a la altura de las orejas le daba un aire fresco y decidido. Sus ojos brillantes no habían perdido su luz ante los monstruos de la prisión; por el contrario, ahora irradiaban una calma profunda e inquebrantable. Vestía una camiseta blanca sencilla y unos jeans azules, luciendo impecable, con una actitud relajada y libre.
Los guardias de seguridad, al ver a esta chica, no pudieron evitar quedarse pasmados. ¿Esta era... la persona tan importante?
—Mila Quiroz, ahora que estás libre, respeta la ley. No queremos volver a verte por aquí —le aconsejó amablemente el guardia encargado de escoltarla hasta la salida.
Mila asintió. Acto seguido, cerró los ojos y respiró hondo, inhalando con avidez aquel aire puro y lleno de libertad.
¡Cuatro años!
¡Cuatro largos años!
¡Al fin había salido de ese infierno!
—¡Señorita Mila!
Un grito atronador hizo que Mila frunciera el ceño.
Abrió los ojos y, al ver las dos filas de guardaespaldas formadas frente a ella, gritó con impaciencia:
—¡Por donde vinieron, largo de aquí!
—¡Señorita Mila!
Un hombre delgado se acercó rápidamente, con una sonrisa aduladora.
—No nos atrevemos a irnos. Elena nos ordenó que hoy, el día de su liberación, debíamos recibirla con todos los honores, invitarla a una buena comida y limpiar esa mala racha.
Mila hizo el amago de mirar hacia atrás, pero el hombre la detuvo bruscamente.
—Señorita, una vez que salga, no mire hacia atrás. Trae mala suerte.
—En el pasado, quizás habría creído en esas supersticiones... —Mientras hablaba, Mila se giró lentamente hacia atrás—. Pero ahora... solo creo en mí misma.
Dicho esto, hizo una profunda reverencia en dirección a la prisión.
—Elena, y a todos mis maestros, me despido de ustedes.
Hace cuatro años, Mila fue enviada a esta aterradora prisión por sus propios padres biológicos, obligada a asumir la culpa del accidente automovilístico causado por su hermana adoptiva.
En aquel entonces, ella era tan frágil como un corderito, blanco fácil para las bestias del penal.

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