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La Rosa Reemplazada romance Capítulo 5

Samanta no esperaba que ese hombre, el que prefería cenar con su “gran amor”, regresara esa noche a casa. Así que, cuando Darío cruzó la puerta, la sorpresa le cayó encima junto con una punzada de ironía.

—¿Estuviste llorando?

La luz era tenue, pero él notó de inmediato sus ojos hinchados.

Samanta se dio la vuelta en la cama, pero eso no le bastó; tomó la cobija y se la echó encima, como si pudiera desaparecerlo.

—Si te ahogas ahí adentro, ¿quién me va a devolver a mi esposa? —bromeó Darío, sentándose al borde de la cama y tirando suavemente de la cobija.

De pronto, Samanta soltó la cobija y se incorporó de golpe.

—Mira nada más, así que todavía recuerdas que soy tu esposa.

El tono de Samanta iba cargado de enojo, pero a Darío le entraba por un oído y le salía por el otro. Toda su atención se centraba en los ojos llorosos de ella; intentó levantarle la cara, pero apenas sus dedos rozaron su mentón, Samanta le dio un manotazo.

—¡No me toques!

Parecía una gatita arisca, a punto de soltar zarpazos.

Pero con los ojos hinchados y rojos, esa gatita se veía hasta tierna.

Los ojos de Darío se encendieron con una chispa de diversión; le revolvió el cabello con cariño.

—¿Qué pasó? ¿Te echaste una cena de dinamita con mi papá?

Mientras más tranquilo se mostraba Darío, más ridícula sentía Samanta su rabia. El coraje la hizo girar y agarrar la caja de pañuelos del buró.

Darío se tensó al instante y sujetó su muñeca.

—¿Otra vez quieres pegarme?

Acercó la cara y señaló su propia frente.

—Mira lo que me hiciste la vez pasada, me dejaste este chipote. Hoy no menos de diez personas me preguntaron quién me había pegado. ¿Tú crees que me da orgullo andar así?

La frente de Darío tenía un moretón bien marcado, todavía hinchado.

Samanta fijó la mirada en ese bulto y, apretando los dientes, soltó:

—Te lo tenías merecido.

—Sí, sí, me lo merezco. Por criar en casa a una gatita salvaje como tú.

Samanta se quedó callada, sintiendo cómo se le atoraban las ganas de gritarle y llorar al mismo tiempo.

Darío la levantó y la sentó sobre sus piernas, acariciándole las mejillas enrojecidas con el pulgar.

Capítulo 5 1

Capítulo 5 2

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