Esta vez la respuesta llegó rápido:
[¿Qué pasa? Dímelo directo.]-
Samanta: [...]
No podía negarlo, tras dos años de matrimonio ambos se conocían demasiado bien. Darío notaba al instante cuando ella cambiaba de ánimo, y eso solo significaba que algo no andaba bien.
Samanta:
[Mi papá vino a Cumbre del Amanecer, quiere cenar con nosotros.]
Darío:
[Ok, paso después del trabajo.]
Por la tarde, Samanta fue a la estación a recoger a Joaquín.
La cena sería en un restaurante cerca de la oficina de Darío, así a él le quedaba más fácil llegar.
Samanta estacionó el carro y estaba por mandarle la ubicación a Darío, pero antes de hacerlo, recibió un mensaje suyo.
[Tengo un asunto de último minuto, dile a tu papá que me disculpe.]
¿Y ahora qué asunto sería ese? Si ya le había prometido que iría.
¿Por qué siempre la dejaba plantada justo cuando ya había quedado con ella?
Samanta bajó la mirada, sus largas pestañas ocultando la tristeza en sus ojos. Apenas se dio cuenta de que Joaquín ya había bajado del carro, se apresuró a recomponerse y salió tras él.
—Papá, Darío tiene que quedarse a trabajar, no va a poder venir a cenar. Me pidió que te pida disculpas.
—El trabajo es lo más importante —respondió Joaquín sin molestarse—. Pero dile que por mucho trabajo que tenga, debe cuidar su salud.
Padre e hija tenían más de medio año sin verse, pero, la verdad, nunca habían tenido mucho de qué platicar. Antes, la mamá de Samanta, Paloma, siempre encontraba cómo romper el hielo y animar el ambiente. Pero desde que Paloma perdió la batalla contra el cáncer, ya no había quien iniciara la conversación. Así que la cena transcurrió entre silencios incómodos y miradas perdidas.
Al terminar, Joaquín se levantó para ir al baño.
Al pasar por el pasillo, escuchó una voz conocida saliendo de uno de los privados.
Se detuvo y, por curiosidad, miró por la rendija de la puerta, que estaba mal cerrada. Ahí dentro estaba Darío, con el brazo descansando sobre el respaldo de la silla de una mujer de cabello negro. Estaban muy cerca, la atmósfera entre ellos era de total confianza y complicidad.
Samanta salió en ese momento a recoger la fruta que había ordenado para su papá; el repartidor no encontraba el privado, así que ella fue a buscarlo.
Al ver a Joaquín parado ahí, inmóvil, se acercó, lista para hablarle, pero al mirar de reojo hacia el interior del privado y ver a Darío tan cerca de esa mujer, se quedó helada, como si la hubieran clavado al piso.
Samanta forzó una sonrisa, conteniendo las lágrimas hasta que la figura de su papá desapareció entre la gente.
Al volver al carro, no pudo más y las lágrimas empezaron a correr, incontenibles, como si se hubiera roto una presa.
Las lágrimas son extrañas: cuando duele puedes aguantarlas, cuando estás cansada puedes tragártelas, pero, cuando te sientes menospreciada, por más que luches, no hay manera de detenerlas.
Samanta se recargó en el volante, sin saber cuánto tiempo pasó ahí, solo notó que los ojos se le habían hinchado como dos nueces rojas.
Se secó la cara y miró por la ventana. Pensó en ese proyecto confidencial de tres años.
Su tutor confiaba mucho en ella, varias veces le había pedido que se entregara por completo al trabajo en la defensa nacional, pero ella siempre había dudado.
No era una persona de grandes ambiciones. Solo quería una vida tranquila, rodeada de quien ama y de quien la ame.
Pero con el regreso de Melissa, se dio cuenta, con dolor, que esa felicidad que creía tener era solo un espejismo; apenas la tocó, se hizo pedazos.
Abrió el calendario en su celular. Faltaban veintisiete días para la fecha en que se definiría la lista final.
Veintisiete días...
No pudo evitar preguntarse: ¿de verdad vale la pena seguir luchando?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Rosa Reemplazada