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La señora no perdona al infiel (Yamila Rivera) romance Capítulo 384

Capítulo 384 La voz de Leonardo se escuchó al otro lado de la línea:

—¿A dónde te fuiste? Dejé de verte.

—Tenía algo que hacer. Me fui antes —respondió Héctor.

—¿Supiste que se fue la luz de repente?

—No.

—Vi a Emanuel con Luciana, la de la familia Aguirre. Y Bianca desapareció de pronto.

La voz de Héctor se mantuvo tranquila.

—Que haya desaparecido... ¿qué tiene que ver conmigo?

—Vi a Carlos buscándola, bastante preocupado.

—Te interesa mucho Carlos...¿también te gusta?

Leonardo soltó una risa fría, con un dejo juguetón.

—Te vas de repente... y Bianca también desaparece...

Héctor no mostró ninguna reacción.

—Vaya coincidencia.

—Sí, bastante. Si sabes dónde está ahora... más te vale decírmelo de inmediato.

—No tengo la obligación de ayudarte a buscar mujeres. Si no hay nada más, cuelgo.

Y sin esperar respuesta, Héctor terminó la llamada.

*** Una hora después, el carro se detuvo frente a una residencia privada de lujo.

El chofer bajó y abrió la puerta.

Héctor rodeó el vehículo y miró a Julieta, que seguía recostada en el asiento, sin intención de bajar.

Ella lo observaba con evidente enojo.

Héctor se inclinó dentro del carro y, sin más, la cargó en brazos.

—¡Imbécil! ¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame! — protestó Julieta, golpeándolo con fuerza.

Pero sus golpes no tuvieron efecto alguno sobre el cuerpo firme de Héctor.

Él bajó la mirada, con frialdad.

—¿Seguro que quieres bajar y caminar por tu cuenta?

No solo tenía las rodillas lastimadas... también se había torcido el tobillo, y el dolor ya era evidente.

Julieta lo miró, con el rostro endurecido.

Héctor la cargó hasta el interior de la casa y la dejó sentada en el sofá de la sala.

Luego ordenó a los sirvientes que trajeran el botiquín.

No tardaron en traerlo.

Sujetó su tobillo lesionado y, con la otra mano, le quitó el zapato de tacón. 1, —Te gusta meterte en problemas... ¿verdad?

Los tacones eran de al menos diez centímetros.

—¿Y a ti qué te importa? —respondió Julieta, molesta.

Al segundo siguiente, sin darle tiempo de reaccionar...

Se escuchó un crujido seco.

—¡Ah!

Julieta gritó de dolor. Un sudor frío le brotó en la frente.

Sintió como si el tobillo se le fuera a partir.

—Ya está —dijo Héctor con calma.

Ella aún no se recuperaba del dolor cuando él le aplicó el medicamento y pidió a los sirvientes que trajeran unas pantuflas.

Julieta lo miró, furiosa.

Ese imbécil lo había hecho a propósito.

Tomó un cojín y se lo lanzó.

Héctor lo atrapó con una sola mano, lo dejó a un lado y la miró.

—A partir de hoy, te quedas aquí.

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