A las veinticinco semanas de embarazo, Esmeralda de la Garza descubrió la infidelidad de su esposo a las puertas del hospital.
El hombre, alto y apuesto con un abrigo negro, protegía en sus brazos a una mujer delicada y hermosa. Ella llevaba un abrigo de piel de zorro blanco, tenía las mejillas sonrosadas y su pequeño rostro estaba envuelto en una suave bufanda de lana. Sus facciones eran tan exquisitas como las de una muñeca de porcelana.
Esmeralda apretó el reporte del ultrasonido con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. El viento helado le golpeaba la cara, pero más frío que su cuerpo era el dolor punzante en su corazón.
David Montes la vio desde lejos. Su expresión era indiferente; no había ni rastro de vergüenza por haber sido descubierto en plena aventura. Él mismo le abrió la puerta del coche a la chica, con una actitud sumamente gentil.
Ese hombre, que siempre se comportaba como un ser superior y gélido, resultaba tener un lado cariñoso y protector.
La chica pareció notar la presencia de Esmeralda. Se detuvo un instante, la miró primero con duda y luego se volvió hacia David para preguntarle:
—Esa vieja se te queda viendo mucho. David, ¿la conoces?
El viento aullaba en sus oídos.
Esmeralda no pudo escuchar lo que la chica le dijo a David, pero leyó sus labios claramente: «Esa vieja».
¿Vieja?
Debía referirse a ella.
Esmeralda sonrió con amargura.
Apenas tenía veinticuatro años.
Sin embargo, su figura, ya de por sí robusta, sumada a una apariencia común, envuelta en una chamarra negra y un gorro de lana, hacía que su cuerpo en el tercer trimestre de embarazo luciera hinchado y torpe. Con su rostro demacrado, en efecto, parecía una mujer de treinta o cuarenta años. No había comparación con aquella joven radiante.
David protegió a la chica mientras subía al auto.
Esmeralda se quedó rígida en su lugar, viendo cómo las luces traseras del vehículo se alejaban.
Ella y David se habían casado por el embarazo. Para alguien como David, nacido en cuna de oro en una familia poderosa, este matrimonio forzado era una mancha en su vida. El niño en su vientre era visto como la herramienta con la que ella lo había extorsionado.
Él la odiaba profundamente.
Ella, en cambio, lo había amado en secreto durante ocho años. Esmeralda sabía perfectamente que no estaba a su altura, así que se esforzó constantemente por mejorar, convirtiéndolo en su meta de vida, siguiendo sus pasos.
Finalmente, logró su deseo: entró a la empresa familiar de los Montes y se convirtió en su asistente, logrando estar cerca de él.
Y así, una noche, terminaron teniendo relaciones de manera accidental.
Aquella noche no solo destruyó a David, sino que también hizo pedazos, sin piedad, todo el orgullo y la dignidad que ella tenía frente a él.
Nunca olvidaría la mirada de asco con la que él la vio después, como si hubiera tocado algo sucio y repugnante.
Por eso, solo una chica así de hermosa era digna de él.
Una lágrima caliente resbaló por el rabillo de su ojo, seguida de un dolor agudo en el bajo vientre. Rápidamente se sujetó el estómago con una mano y se apoyó en un pilar de piedra con la otra.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea
Me tiene la trama Encantada es un a lástima q cobren para poder seguir en la trama es una delas pocas novelas q tiene diferentes trama no hay mujer sumisa espero poder seguir gracias...