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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 500

—Está bien, no tienes de qué preocuparte —dijo David.

—Clara es muy terca —comentó Enzo—. Siempre ha sido miedosa para el dolor, y mira que atreverse a chocar...

El accidente de Clara había sido provocado por ella misma.

Llevaba dos días rogándole a Enzo que no la mandara fuera, que no quería irse de San Pedro y mucho menos ver a David con esa mujer.

Inés trataba de calmarla, diciéndole que se fuera un tiempo mientras bajaba la marea y Enzo arreglaba todo. Aunque ella sabía el plan, su inseguridad no la dejaba irse.

David escuchó a Enzo sin decir palabra.

***

Esmeralda terminó de revisar un lote de datos y a eso de las tres se fue a la editorial de la revista financiera. Estuvo ocupada hasta casi las ocho de la noche.

Su celular vibró.

Vio el identificador y contestó:

—¿Qué pasa?

Era David.

—Sigues trabajando.

—Sí.

—Isa te está esperando.

Al oír eso, Esmeralda recordó de golpe que la niña estaba enferma y que había dicho que iría a verla en la noche.

—¿Ya está mejor?

—Ya no tiene fiebre, pero sigue con tos.

—No puedo salirme ahorita, tengo que terminar esto. Dile a Isa que voy mañana a estar con ella todo el día.

Mañana era sábado. Ella también quería descansar un poco.

Hubo un silencio al otro lado de la línea antes de que él respondiera:

—Le diré.

Esmeralda se sorprendió; estaba inusualmente comprensivo.

—Gracias.

—¿Dónde estás?

Esmeralda miró el recipiente. Lo abrió y encontró el aroma familiar del caldo de costilla, acompañado de unas tostadas de pata y un tamal de elote.

Levantó la vista hacia él.

En los ojos profundos y atractivos del hombre había una calidez que antes jamás le había mostrado.

—Come.

—Agradezco el gesto, pero ya puedes irte —dijo ella.

—No hay prisa. Mañana vas a estar con Isa, así que cuando termines de cenar, nos vamos a Lomas del Valle.

—Tengo cosas que hacer todavía.

Pero David no tenía ninguna intención de irse. Se sentó en el sofá, sacó su celular y se puso a revisar algo.

Esmeralda lo miró con el ceño fruncido.

Decidió ignorarlo. Tomó los cubiertos y empezó a comerse el tamal con una mano mientras con la otra movía el mouse, con la vista clavada en la pantalla.

David despegó la vista de su celular y observó a la mujer trabajando concentrada.

Esmeralda no solía usar lentes, pero tras años de estudio y trabajo, aunque se cuidaba, su vista se había cansado y tenía una miopía ligera. Hoy llevaba puestos unos lentes con filtro de luz azul. El reflejo de la pantalla brillaba en los cristales, iluminando su perfil fino y elegante. Su cabello caía suavemente sobre su espalda, dejando al descubierto una oreja, donde un arete de perla emitía un brillo tenue y delicado.

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