Entrar Via

La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 636

Gavin se quedó de pie en la puerta observándolo. Al ver su semblante sombrío, arqueó una ceja y se burló:

—¿Tan rápido?

Echó un vistazo al interior de la habitación y alcanzó a escuchar los sollozos de una chica.

—¿Cómo pudiste hacer llorar a semejante belleza? ¿Acaso no tienes corazón? —preguntó.

David lo ignoró y se marchó a paso firme.

Gavin observó la espalda del hombre al alejarse y luego entró a la habitación. Al ver a la chica tirada de lado en el suelo, casi sin ropa, llorando desconsolada y con un aspecto tan frágil, sintió una punzada de lástima.

Se agachó, se quitó el saco y la cubrió con él.

Ofelia levantó la mirada hacia Gavin, con los ojos llenos de lágrimas. Él le levantó el mentón con suavidad y le propuso:

—David es bastante arrogante. Señorita Ofelia, ¿no le gustaría intentar conmigo?

Ofelia giró la cara.

Gavin no insistió ni la presionó.

—Si tanto te gusta, ¡entonces déjame ayudarte!

Ofelia se sobresaltó y abrió mucho los ojos, mirando fijamente al hombre que tenía enfrente.

***

Diez minutos después.

David tomó su avión privado directo de regreso a la isla.

Para cuando llegó a la mansión, ya eran las nueve y media de la noche.

Esmeralda acababa de dormir a Isa y salió del baño recién bañada. De repente, la puerta de la recámara se abrió de golpe. Ella se sobresaltó, se giró y vio al hombre de pie en el umbral.

¿No se suponía que regresaría más tarde?

Además, era evidente que algo no andaba bien con él; su actitud era extraña.

La mirada de David se clavó en la mujer. Llevaba una pijama de seda bastante conservadora, pero que aun así delineaba suavemente las curvas de su cuerpo. Los ojos del hombre se oscurecieron.

Esmeralda sintió que la mirada de él sobre ella era demasiado intensa y peligrosa.

Vio cómo se acercaba a ella a zancadas.

La reacción de David no parecía la de alguien a quien hubieran drogado.

Más bien, parecía que algo lo había alterado gravemente.

***

Una hora después.

El hombre regresó a la recámara todavía sintiéndose frío y húmedo tras la ducha. En la habitación, solo Isa dormía plácidamente en la cama; no había ni rastro de Esmeralda.

Entró al vestidor, se puso una pijama seca y volvió a la recámara. Levantó las sábanas y se acostó al lado de Isa. Al observar su carita tranquila y adorable, su mirada se suavizó. La niña pateó las cobijas entre sueños, pero David volvió a arroparla con cuidado, se inclinó y le dio un tierno beso en la frente. Luego apagó la luz y se quedó a su lado para dormir.

Al día siguiente.

Durante el desayuno.

Cuando David vio a Esmeralda, su actitud era amable. Llevaba ropa casual, lo que le daba un aire relajado y despreocupado. Le preguntó con interés:

—¿Pudiste descansar bien anoche?

Como si el hombre que perdió el control la noche anterior no hubiera sido él, como si absolutamente nada hubiera pasado.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea