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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 693

Con el rostro impasible, David levantó la vista hacia Esmeralda. Ella mantenía una expresión indiferente y ni siquiera lo volteó a ver. Entonces, el hombre le dijo a la niña:

—Isa, dile a mamá que le enseñe las fotos a papá.

Esmeralda frunció un poco el ceño y lo miró.

Isa volteó hacia Esmeralda y rogó:

—Ándale, mami, mi papá y yo queremos verlas.

Esmeralda le acarició la cabeza y le dio una excusa:

—Ya pasé las fotos a la computadora, ya no se pueden ver en el celular. Las vemos cuando lleguemos a la casa, ¿sí?

Isa hizo un puchero.

—Bueno, está bien. Mi papá y yo las vemos llegando a la casa.

David no apartaba la vista de Esmeralda. Ella le sostuvo la mirada por un segundo y luego se volteó con frialdad.

Habían andado de arriba para abajo todo el día.

Isa no tardó en quedarse dormida en el coche. Esmeralda se recargó en el asiento y cerró los ojos para descansar un rato.

De pronto, escuchó la voz baja del hombre:

—Ahora que nuestra relación es pública, deberíamos organizar una recepción oficial.

Al escuchar eso, Esmeralda abrió los ojos, miró a David y le soltó:

—¿Y qué pasa si no estoy de acuerdo?

—Si sigues enojada, podemos esperar un poco más, pero la vida sigue. No tiene caso que sigas peleada conmigo a cada rato —mientras hablaba, David acomodó con cuidado la cobijita que cubría a Isa—. Si tanto amas a Isa, entonces no hay nada que no puedas cambiar. Esmeralda, eres una mujer inteligente, ¿qué necesidad tienes de seguir atormentándote?

Parecía ver a través de todo, abriendo la realidad en canal frente a Esmeralda para obligarla a verla. Él siempre tenía esa habilidad de analizar el dolor ajeno con una frialdad y tranquilidad pasmosas.

Para él no existía la parte emocional; todos los sentimientos se podían analizar y resolver con la pura razón. Lo que no servía, se desechaba, y lo que se deseaba, se tomaba.

Después de un momento de silencio, Esmeralda lo miró fijamente y replicó:

—Yo no soy como tú. Tú estás allá arriba, controlando todo lo que quieres. Por supuesto que te resulta facilísimo aceptar las cosas así nada más.

David respondió con calma:

—No voy a negarlo, pero esa es la realidad, ¿o me equivoco?

Esmeralda entrecerró los ojos.

¡Pues claro! La maldita realidad era que él siempre tenía el control de todo.

Luego, el hombre añadió:

—Por supuesto, sé que eres terca, así que yo también estoy dispuesto a ceder.

Tras sus palabras, Esmeralda se quedó pasmada y clavó la mirada en él. El rostro del hombre permanecía sereno, pero sus ojos oscuros y profundos estaban fijos en ella, con una intensidad capaz de ahogar a cualquiera.

Después de un largo rato, Esmeralda desvió la mirada, con los ojos ensombrecidos. No respondió absolutamente nada.

El interior del coche se quedó tan en silencio que solo se escuchaban sus respiraciones.

Esmeralda volvió a recargarse en el asiento y cerró los ojos.

Para cuando despertó, el coche seguía en movimiento, pero el camino no se parecía en nada al de regreso a casa. Esmeralda se despabiló de golpe y miró al hombre sentado enfrente, que tenía la vista clavada en su computadora portátil, revisando asuntos de trabajo.

David levantó la vista hacia ella.

—¿Ya despertaste?

—¿A dónde vamos? —preguntó Esmeralda.

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