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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 703

Durante la mañana recibió una llamada de Valentina Santillán, preguntándole si tenía tiempo para ir a cenar a la casa esa noche.

Esmeralda aceptó.

—Claro.

La verdad es que ya llevaba un buen tiempo sin visitar a la familia de la Garza.

Esa misma tarde, su plan era llevar a Isa con ella, pero cuando Dylan Molina llegó al kínder para recogerla, la maestra le informó que los guardaespaldas ya se la habían llevado a casa.

A la maestra le extrañaba que los padres no se pusieran de acuerdo para ir por la niña.

—Entonces voy a Lomas del Valle a recoger a la señorita Isabella.

Esmeralda asintió.

Apenas colgó, Gabriel Loyola tocó la puerta y entró.

—¿Te vas a quedar hasta tarde?

—Hoy no creo —respondió—. ¿Pasa algo, profesor?

—¿Estás enterada de lo que pasó entre tu hermano y César Soto?

Álvaro Santillán le había comentado antes que había problemas en la empresa, pero ella no conocía los detalles actuales. Al escuchar a Gabriel Loyola hablar de ello, supuso que las cosas no iban bien.

Gabriel Loyola continuó:

—Resulta que quien está apoyando a César Soto en todo esto es Marcos Fierro. Quiere usar a César para destruir a tu hermano. Abril se enteró de alguna manera y seguro le fue a reclamar, así que ahora mismo no debe de estar pasándola nada bien. Yo pasé a recoger a Lidia y la traje a la empresa; llévatela a Lomas de San Jorge cuando salgas. Yo tengo que resolver un asunto, pero trataré de llegar lo antes posible.

Esmeralda frunció el ceño. Estaba claro que lo que Marcos Fierro quería era evitar que Abril volviera a casarse. Típico de las locuras que haría ese enfermo.

—Está bien.

En cuanto Gabriel Loyola se fue, ella volvió a llamar a Dylan Molina para decirle que ya no fuera por Isa.

Salió temprano de la oficina.

Durante el camino a casa, Lidia estuvo muy apagada.

—Lidia, ¿qué tienes?

La pequeña la miró con los ojitos rojos y dijo, muy triste:

—Madrina, ¿por qué mis papás no pueden hacer las paces?

Esmeralda sintió que el corazón se le encogía. Extendió los brazos y la abrazó con fuerza.

—Aunque tus papás ya no puedan estar juntos, los dos te aman con toda su alma.

Pero, al final del día, Lidia era solo una niña.

Lo único que entendía era que sus papás ya no vivían bajo el mismo techo, y no lograba comprender por qué los adultos se divorciaban.

De pronto, empezó a sollozar.

—Pero yo no quiero que se separen, y tampoco quiero que peleen. Yo quiero que sean como el señor Montes y tú. Me da mucha envidia que Isa tenga a sus dos papás con ella. Isa siempre me dice que sus papás van a estar con ella hasta que sea grande.

Cada palabra de la niña era como una aguja clavándose en el corazón de Esmeralda, causándole un dolor punzante y continuo. Lo único que pudo hacer fue apretarla más contra su pecho y tratar de consolarla.

Lidia se acurrucó en los brazos de Esmeralda. Había mucho tráfico, por lo que el coche avanzaba despacio, y sin darse cuenta, la pequeña se quedó dormida con las lágrimas aún asomándose por el rabillo del ojo.

Esmeralda se las limpió suavemente y, al ver la expresión de tristeza de Lidia, sintió que el pecho le pesaba toneladas.

Al llegar a Lomas de San Jorge, cargó a Lidia, que seguía dormida, y subieron en el elevador.

Al entrar, primero la acostó en la cama de su habitación y luego salió a preguntarle a la empleada doméstica:

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