La vendedora que estaba a su lado no pudo evitar sentir una ola de envidia y asombro ante aquella escena.
Había visto a muchísimos hombres ricos, pero encontrar a alguien con tanto dinero, una apariencia tan deslumbrante, un porte tan extraordinario y que además fuera tan espléndido, era como buscar una aguja en un pajar.
Aunque, la verdad, no tenía derecho a sentir envidia; la esposa era una mujer excepcionalmente hermosa y la hija era un espectáculo, una niña que prácticamente había nacido en la cima del mundo.
David sacó de su bolsillo una tarjeta negra exclusiva y estaba a punto de pagar cuando...
Alguien tocó a la puerta.
Una de las empleadas fue a abrir.
Era otro de los supervisores de la tienda, quien entró con una gran expresión de disculpa en el rostro y miró al gerente.
—Director Villegas...
—¿Qué sucede? —preguntó él.
En ese instante,
Romeo Fierro y Clara Santana entraron en la habitación.
La mirada de Romeo barrió las joyas esparcidas sobre la mesita de centro hasta detenerse en el impresionante juego de esmeraldas incrustadas de diamantes. Dio un paso adelante y exclamó:
—Mis disculpas por la interrupción, David. Escuché que tenían un juego de esmeraldas rarísimo en la tienda, ¡supongo que es este!
Romeo se sentó con total naturalidad en uno de los sofás individuales y estiró el brazo con la intención de tomar el collar para observarlo de cerca. Sin embargo, una mano se interpuso bruscamente; sostenía la tarjeta negra, bloqueando el paso de sus dedos.
Romeo detuvo su movimiento, giró la cabeza hacia David y, con una sonrisa ladeada, le dijo:
—No seas tacaño, solo quiero echarle un vistazo.
—Llegaste tarde —respondió David con voz profunda y cortante.
Romeo retiró la mano, se recostó en el sofá y cruzó sus largas piernas en una postura relajada y despreocupada. Su mirada pasó rápidamente por Esmeralda antes de añadir:
—Entonces, me pregunto si por esta vez podrías cedérmelo, a Clara también le encantó.
Clara se acomodó de costado en el reposabrazos junto a Romeo, quien no dudó en rodear su cintura en un gesto provocativamente íntimo.
—David, espero que, por los viejos tiempos, nos dejes este juego de joyas a nosotros —intervino Clara.
La expresión de David seguía siendo tan fría como el hielo. Ignorando por completo la petición de la pareja, se dirigió al director:
*Romeo solo hizo ese teatro para hacerle pasar un mal rato a David, y de paso intentar humillarme a mí*, razonó. Lo que realmente no lograba descifrar era qué pasaba por la cabeza de David.
Sin embargo, Romeo tenía razón en algo: cuando a David le importas, te puede dar el mundo entero; pero cuando dejas de importarle, tu valor para él es igual a cero. A fin de cuentas, David nunca ha sido un hombre de devociones largas.
Los empleados se apresuraron a empacar todas las joyas.
Al salir de la sala VIP,
el encargado del centro comercial ya los esperaba para asistirles y había designado personal para que les ayudaran a cargar las bolsas.
—Señor Montes, ¿desea que despejemos la zona para usted? —preguntó el encargado con suma reverencia.
Isa jaló la mano de su padre y pidió:
—¡Papá, vámonos a casa!
No quería volver a encontrarse con ese par de personas tan desagradables.
David bajó la mirada hacia Isa, asintió y respondió:
—Sí, vamos a casa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea
Hola! Los capítulos 490 en adelante están incompletos Gracias x tus esfuerzos x traducir las novelas. Excelente trabajo...
Cuando continúan con el resto de la historia increíble que lo dejen a uno así....
Cuando la se actualiza?...
Me tiene la trama Encantada es un a lástima q cobren para poder seguir en la trama es una delas pocas novelas q tiene diferentes trama no hay mujer sumisa espero poder seguir gracias...