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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 720

La vendedora que estaba a su lado no pudo evitar sentir una ola de envidia y asombro ante aquella escena.

Había visto a muchísimos hombres ricos, pero encontrar a alguien con tanto dinero, una apariencia tan deslumbrante, un porte tan extraordinario y que además fuera tan espléndido, era como buscar una aguja en un pajar.

Aunque, la verdad, no tenía derecho a sentir envidia; la esposa era una mujer excepcionalmente hermosa y la hija era un espectáculo, una niña que prácticamente había nacido en la cima del mundo.

David sacó de su bolsillo una tarjeta negra exclusiva y estaba a punto de pagar cuando...

Alguien tocó a la puerta.

Una de las empleadas fue a abrir.

Era otro de los supervisores de la tienda, quien entró con una gran expresión de disculpa en el rostro y miró al gerente.

—Director Villegas...

—¿Qué sucede? —preguntó él.

En ese instante,

Romeo Fierro y Clara Santana entraron en la habitación.

La mirada de Romeo barrió las joyas esparcidas sobre la mesita de centro hasta detenerse en el impresionante juego de esmeraldas incrustadas de diamantes. Dio un paso adelante y exclamó:

—Mis disculpas por la interrupción, David. Escuché que tenían un juego de esmeraldas rarísimo en la tienda, ¡supongo que es este!

Romeo se sentó con total naturalidad en uno de los sofás individuales y estiró el brazo con la intención de tomar el collar para observarlo de cerca. Sin embargo, una mano se interpuso bruscamente; sostenía la tarjeta negra, bloqueando el paso de sus dedos.

Romeo detuvo su movimiento, giró la cabeza hacia David y, con una sonrisa ladeada, le dijo:

—No seas tacaño, solo quiero echarle un vistazo.

—Llegaste tarde —respondió David con voz profunda y cortante.

Romeo retiró la mano, se recostó en el sofá y cruzó sus largas piernas en una postura relajada y despreocupada. Su mirada pasó rápidamente por Esmeralda antes de añadir:

—Entonces, me pregunto si por esta vez podrías cedérmelo, a Clara también le encantó.

Clara se acomodó de costado en el reposabrazos junto a Romeo, quien no dudó en rodear su cintura en un gesto provocativamente íntimo.

—David, espero que, por los viejos tiempos, nos dejes este juego de joyas a nosotros —intervino Clara.

La expresión de David seguía siendo tan fría como el hielo. Ignorando por completo la petición de la pareja, se dirigió al director:

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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