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La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 82

Al día siguiente.

Esmeralda recibió una llamada de doña Antonella, pidiéndole que fuera a la villa hoy mismo.

Esmeralda no tuvo más remedio que ir.

Cerca de las once de la mañana.

Álvaro la llevó en coche hasta la residencia.

El auto se detuvo afuera del portón principal.

Santiago se había quedado a dormir ahí la noche anterior y, sabiendo que Esmeralda iría, la estaba esperando en la entrada. Al ver que Álvaro la traía, se acercó a saludarlo.

—Esme, tú y Santi entren primero.

—Está bien.

Santiago miró a Álvaro y dijo:

—Álvaro, ya que estás aquí, pasa con nosotros.

Álvaro respondió:

—No, gracias. Mejor acompaña tú a Esme.

En todo este tiempo, la familia Montes jamás había invitado a nadie de la familia de la Garza a ningún evento. Entrar así solo provocaría una situación incómoda para ambas partes. Santiago no insistió:

—Cuidaré bien de Esme. Cuando sea hora de irse, yo la llevo.

—Sale.

En ese momento.

Un Bentley se acercó y entró lentamente en la villa.

Esmeralda reconoció el coche de David.

—Vámonos —dijo Santiago.

Ambos entraron a la propiedad.

El embarazo de Esmeralda ya era muy notorio y estaba cerca de dar a luz; caminaba muy despacio, con una mano en la cintura y la otra en el vientre.

Iba platicando con Santiago, así que no sintió tanto el cansancio al cruzar el jardín hacia la casa principal.

Finalmente llegaron a la sala.

Doña Antonella y Marisa ya estaban sentadas allí. David no estaba.

—¿Mande?

Santiago tenía las manos en los bolsillos del pantalón, con los dedos apretados. Ambos tenían una estatura similar y se miraron frente a frente. Tras un momento de silencio, Santiago habló:

—Primo, ¿no crees que te estás pasando de la raya con tu comportamiento?

David, con sus ojos oscuros y profundos que parecían leer la mente, miró a Santiago y le devolvió la pregunta con voz profunda:

—¿Te gusta ella?

Al escuchar eso, Santiago se tensó. Efectivamente, nada escapaba a los ojos de David; podía engañar a todos, menos a él.

Se giró un poco, apartando la vista hacia la ventana, y no lo negó:

—Sí. Nos conocemos desde la secundaria, me ha gustado por muchos años. Quizá tú pienses que no es atractiva o que no está a tu altura, primo, pero Esme era muy bonita antes. Puedo decirte que Clara no le llega ni a los talones; y su belleza es la menor de sus virtudes.

David escuchaba con el rostro impasible, sin mostrar emoción alguna.

—Escuché a mi mamá decir que Esme te drogó, que tuvieron relaciones y por eso se embarazó —Santiago soltó una risa sarcástica—. En lo que yo conozco a Esme, por más que le gustaras, ella jamás haría algo así.

Dicho esto, giró la cabeza para mirar el rostro inexpresivo de David y añadió:

—Claro que no tengo derecho a sermonearte, primo, pero como hombre, ¿no deberías tener un mínimo de respeto por tu esposa embarazada?

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