Entrar Via

La última lágrima de la esposa fea romance Capítulo 970

Esmeralda bajó la mirada y asintió levemente.

Gabriel apartó la mirada, arrancó un par de servilletas de papel, se limpió las manos y tiró el bollo al bote de basura; luego, tomó un tazón vacío, se sirvió un poco de arroz y usó los cubiertos para servirse comida con naturalidad.

—La próxima vez puedes decirle a Olga que prepare un poco menos.

En la comida sobre la mesa no se notaba para nada que faltara algo.

Esmeralda estaba sentada derecha, aún sin levantar la vista, y asintió en voz baja; sintió que una mirada feroz caía sobre ella como si quisiera devorarla viva.

Solo se escuchó un chirrido agudo.

Esmeralda miró al hombre frente a ella, quien apartó la silla y se sentó sin reservas frente a ella; sus ojos oscuros estaban inusualmente sombríos, y su aura pesada parecía más asfixiante que la noche lluviosa que aullaba por la ventana.

Sus manos, descansando sobre sus piernas, no dejaban de apretarse.

—¿Dónde están los dos pequeños? —preguntó Gabriel de repente.

Esmeralda se quedó atónita por un momento, volvió en sí, luego miró hacia atrás y dijo:

—Deberían estar debajo del sofá.

Naranjito y Manchitas parecieron escuchar que alguien los llamaba, y salieron maullando de debajo del sofá para acercarse a los pies de Gabriel; sus sonidos parecían tener un tono de queja ofendida.

Gabriel miró a los dos gatitos, y luego le dijo a Esmeralda:

—Olvidé subir las latas que les compré, están en la cajuela, Esme, ve a buscarlas.

Esmeralda lo miró.

Gabriel sacó las llaves del auto del bolsillo de su pantalón y se las entregó.

—¡Ve!

Esmeralda se detuvo un momento, extendió la mano para tomarlas, murmuró un asentimiento, se levantó y caminó hacia la puerta; solo cuando se cambió los zapatos y salió de la habitación sintió que el aire se volvía respirable.

Se dio la vuelta, se apoyó contra la pared y se quedó allí un rato; el silencio absoluto dentro de la casa era opresivo.

Un buen rato después.

Miró hacia el interior de la casa, luego caminó hacia el ascensor y presionó el botón para bajar.

—Tengo que admirarte, finges muy bien ser el bueno.

—Sea el bueno o el malo, depende de quién se trate y en qué posición te encuentres.

—Así que, acosando a una mujer casada, ¿en qué posición te encuentras tú, Gabriel?

Gabriel apoyó las manos en la mesa, golpeando suavemente la superficie con el dedo índice, sin cambiar de expresión; sus ojos bajo los lentes eran excepcionalmente profundos. Su mirada se posó en su rostro, y en las comisuras de sus labios se dibujó una sonrisa casi imperceptible.

—De verdad es la primera vez que te veo en este estado, David. Realmente se cumple ese dicho, el karma siempre llega. Cuando odiabas tanto a Esme, ¿alguna vez pensaste en que este sería el final?

David lo miró fijamente, entrecerrando sus ojos oscuros, y hasta su respiración parecía volverse pesada.

—Probablemente nunca pensaste que tendrías un día como hoy —soltó Gabriel una risa sarcástica—. Incluso si lo hubieras hecho, pensarías que Esme es alguien a quien puedes controlar a tu antojo, pero es una lástima que no seas todopoderoso, ni que todo pueda salir como deseas.

—Ya dijiste suficiente —la voz de David era espeluznantemente fría.

La sonrisa en los labios de Gabriel se hizo un poco más profunda, y dijo:

—¿Acaso la señora Montes no te dijo que tú y Esme ya se divorciaron, y que ella ahora es una mujer libre?

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea