No se habían visto en más de un mes y era evidente que él había perdido peso. Los rasgos de su rostro se veían más perfilados y afilados, la barba incipiente destacaba alrededor de su boca, sus cuencas oculares se veían hundidas y debajo de sus ojos había ojeras moradas muy marcadas.
David siempre había sido alguien extremadamente meticuloso con su apariencia, y ella jamás lo había visto verse tan desaliñado.
Después de servirle, ella también se sirvió un tazón para sí misma. Se sentó frente a él, tomó sus cubiertos y empezó a comer en silencio, tomando pequeñas porciones de los platos.
David se apoyó contra el respaldo de la silla, separó sus largas piernas en una postura relajada y fijó una mirada lúgubre en la mujer que cenaba en silencio frente a él.
Esmeralda levantó la mirada y notó que él seguía sin moverse. Su mirada parecía examinar a una criminal culpable de los peores crímenes, así que suspiró en secreto y preguntó en voz alta: —¿Ya comiste?
David soltó una burla y contestó: —No es como si la hubieras preparado especialmente para mí.
Esmeralda armó de paciencia y respondió: —¿Entonces qué quieres comer? Le pediré a la empleada que te prepare algo más.
—Quiero comerte a ti —respondió David.
Al escuchar esto.
Esmeralda sintió que un escalofrío le recorría la columna. Sabía que no había ninguna insinuación de romance ni seducción en sus palabras; quería devorarla literalmente, como un depredador a su presa.
Apretó los cubiertos con fuerza y dijo: —El canibalismo es un delito.
El hombre se limitó a soltar una sonrisa mordaz.
Esmeralda apartó la vista y siguió comiendo la comida en su tazón, tomándose porciones para ella sola, ajena a todo.
El hombre sentado frente a ella realmente no tenía intenciones de usar sus cubiertos. Continuaba perforándola con la mirada de manera insistente, como si, en efecto, estuviera mirando a su presa lista para ser sacrificada.
El pánico la invadió de forma inexplicable.
—Te prepararé un plato de fideos.
David no respondió.
Esmeralda se levantó de la mesa y se dirigió a la cocina. Siempre y cuando pudiera alejarse un poco de él, conseguiría un respiro. Puso agua a hervir y sacó los fideos del refrigerador.
Se quedó de pie frente a la estufa, esperando a que el agua hirviera. Cada segundo y minuto de espera en ese silencio se sentía agobiante.
Hasta que por fin escuchó el borboteo del agua.
Volvió a la realidad, echó los fideos en la olla y los revolvió. Cuando estuvieron listos, los sirvió en un tazón; como para la cena habían preparado un estofado, agarró una cucharada grande de carne de res con tomate, lo vertió sobre la pasta, se puso unos guantes para el calor y llevó la sopa de fideos con falda de res y tomate a la mesa, dejándola justo enfrente del hombre.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La última lágrima de la esposa fea
Hola! Los capítulos 490 en adelante están incompletos Gracias x tus esfuerzos x traducir las novelas. Excelente trabajo...
Cuando continúan con el resto de la historia increíble que lo dejen a uno así....
Cuando la se actualiza?...
Me tiene la trama Encantada es un a lástima q cobren para poder seguir en la trama es una delas pocas novelas q tiene diferentes trama no hay mujer sumisa espero poder seguir gracias...