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La Ultima Oportunidad de la Luna Enferma romance Capítulo 257

Perspectiva de Ella

Tres semanas pasaron desde aquella noche sin que ocurriera nada fuera de lo normal.

Poco a poco, mi vida se convirtió en una rutina sencilla, incluso reconfortante. Antes, una existencia tan repetitiva probablemente me habría desesperado, pero ahora cada día igual era un regalo: significaba que podía pasar un día más junto a mi hijo.

Cada mañana despertaba al amanecer. Cambiaba el pañal de Lucien, le daba su biberón mientras él me observaba con esos ojos de distinto color que parecían examinarlo todo, y después lo llevaba al jardín para que tomara un poco de aire fresco mientras los demás sirvientes preparaban el desayuno. Luego lo acostaba para su siesta matutina, limpiaba su habitación y volvía a empezar.

Era un trabajo sencillo, pero importante. Y lo mejor era ver cómo Lucien se fortalecía un poco más cada día.

Su respiración era menos pesada. Sus llantos nocturnos eran menos frecuentes. Los tubos de oxígeno que antes necesitaba durante toda la noche ahora solo eran necesarios durante unas horas.

Y cada día parecía reconocerme un poco más.

Se tranquilizaba en cuanto lo tomaba en brazos. Seguía mis movimientos por la habitación con sus enormes ojos de colores distintos. Y, a veces, mientras lo alimentaba, cerraba su diminuto puño alrededor de mi dedo y lo sujetaba con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño.

Esos momentos hacían que todo lo demás fuera soportable: los pequeños cuartos de servicio, el uniforme gris que dejaba claro mi rango de Omega, tener que responder a un nombre que no era el mío.

Nada podía borrar por completo, sin embargo, el constante ruido alrededor de la maldita Prueba de Luna de Alexander.

Porque ya no se hablaba de otra cosa.

En cuestión de días, se había convertido en el tema más importante de todos los territorios. Incluso las noticias comenzaron a cubrirlo, y ya no podía encender el televisor de la sala de descanso de los sirvientes sin encontrar alguna transmisión en directo sobre las solicitudes recibidas.

A medida que pasaban las semanas, llegaban más y más solicitudes desde todos los rincones de la región. Debían de ser miles. Prácticamente todas las mujeres solteras que cumplían los requisitos y vivían cerca de Ashclaw parecían estar intentando conseguir un lugar en la prueba.

Todas excepto yo.

Y me alegraba de haberle pedido a Alexander que eliminara mi nombre de la lista.

Ya había pasado seis años intentando convertirme en la mujer que él quería que fuera. No pensaba volver a hacerlo.

Mucho menos por un hombre que ni siquiera había esperado una semana después de mi muerte antes de anunciar que buscaría a alguien que me reemplazara.

Aun así, mi resentimiento crecía un poco más cada día. Mi loba, por otro lado, reaccionaba de una manera completamente distinta: se inquietaba y se agitaba cada vez que alguien mencionaba la prueba, como si la idea de que otra mujer pudiera ocupar mi lugar la estuviera desgarrando por dentro.

Intentaba ignorarla.

Me obligaba a concentrarme en Lucien y en el tiempo que la Diosa Luna nos había concedido juntos.

Pero finalmente llegó el día en que ya no pude evitarlo.

El día en que publicarían los resultados de las solicitudes. El día en que se anunciarían las cien mujeres que pasarían a la primera ronda oficial de la Prueba de Luna.

Llegó con un cielo gris y una lluvia constante golpeando contra las ventanas.

El clima parecía reflejar exactamente cómo me sentía por dentro.

—¿Vendrás conmigo a ver los resultados? —preguntó Anya mientras alimentaba a Lucien en la cocina esa mañana, como hacía todos los días—. No creo que pueda mirar sola.

Tuve que morderme el interior de la mejilla para no responder algo mucho menos amable.

Lo último que quería era acercarme a esa estúpida lista.

Pero Anya parecía tan esperanzada... Se había convertido en una de las pocas personas en esta casa que realmente me trataba como una amiga, no como una renegada sin manada que no pertenecía a ningún lugar.

Además, sabía cuánto significaba esto para ella. Había estado practicando modales, estudiando todo lo relacionado con ser una Luna y hasta había ahorrado dinero para comprarse un vestido nuevo específicamente para ese día.

Si supiera lo que yo sabía...

Que probablemente ninguna mujer sería suficiente para el gran Rey Alfa Alexander. Que quizá solo estaba haciendo todo esto para mantener las apariencias y al final elegiría a Sophia o a alguna otra mujer de la alta sociedad.

Pero por Anya, forcé una sonrisa.

—Claro. Déjame terminar mis tareas de la mañana y bajaremos juntas.

Anya soltó un suspiro de alivio.

—Gracias. Espero que las dos entremos.

—¿Las dos?

Levanté las cejas con fingida sorpresa.

No le había dicho que sabía que ella era quien había enviado mi solicitud. Tampoco le había contado que me había enterado y que ya le había pedido a Alexander que la retirara.

Sus mejillas se tiñeron de rojo.

—Bueno... quiero decir... era solo una forma de hablar.

—Claro.

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