—Algo —respondí sin pensar—. Solía entrenar con los guerreros en...
Mierda.
Me callé de golpe. Había estado a punto de delatarme otra vez. Una palabra más y podría haber revelado quién era realmente, y entonces Alexander podría acabar igual que aquel pobre granjero.
Por mucho que estuviera enfadada con él, no quería verlo morir. Y mucho menos quería que Lucien terminara sin ninguno de sus padres.
—¿En dónde? —preguntó Alexander, lanzándome una mirada de reojo.
—En ninguna parte. En mi antigua manada. No la conocerías.
—Dime cuál.
Me mordí la punta de la lengua, castigándome por haber abierto la boca.
—Eh... no recuerdo el nombre —mentí, llevándome un dedo a la sien—. Supongo que lo olvidé junto con mi apellido.
Alexander me observó durante unos segundos. Era evidente que no se había tragado mi mentira, pero hice todo lo posible por mantener la cara impasible.
—En fin —añadí, encogiéndome de hombros—. Era solo entrenamiento básico de defensa personal. Nada del otro mundo.
—Claro...
Terminó de asegurar el vendaje y se puso de pie. Recogió las vendas manchadas de sangre y el resto del material mientras cruzaba la cocina para guardarlo todo. Tenía los hombros ligeramente tensos.
—Mi difunta esposa entrenaba con los guerreros de Stormhollow —comentó.
Hubo algo en su voz, una nota de nostalgia que me hizo contener el aliento. Aunque probablemente solo me lo estaba imaginando.
—Decía que se pasaba el día siguiéndolos de un lado para otro, aunque su padre le hubiera prohibido hacerlo.
Apreté la mandíbula.
—Debía de ser bastante testaruda.
Alexander me miró por encima del hombro. Por un instante, una sonrisa casi imperceptible le curvó los labios.
—Sí. Durante mucho tiempo no me di cuenta, pero lo era. —Algo extraño cruzó sus ojos, algo que no llegué a identificar antes de que volviera a girarse—. Supongo que, en eso, ustedes dos se habrían llevado bien.
Si supieras.
Me aclaré la garganta.

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