Perspectiva de Ella
Estuve a punto de rechazar la oferta de Alexander, pero la pierna me palpitaba y estaba rendida. Un trayecto corto hasta la casa no podía venir mal, así que, a regañadientes, subí al coche.
—Gracias —murmuré mientras me abrochaba el cinturón, luchando un poco con él.
Alexander asintió y arrancó. Durante todo el trayecto no intercambiamos una sola palabra. El camino de tierra estaba lleno de baches, y cada vez que el coche pasaba por uno, el dolor de la pierna se me disparaba. Apreté los dientes y aguanté hasta que por fin llegamos a la casa principal.
Alexander aparcó frente a la entrada. En cuanto fui a abrir la puerta, me puso una mano sobre la pierna.
—Tu herida. Está sangrando otra vez.
Bajé la mirada. Tenía razón. El vendaje blanco que me había puesto el médico estaba empezando a teñirse de rojo. Seguramente se había vuelto a abrir cuando intenté caminar, o quizá el traqueteo del camino había bastado para hacerla sangrar de nuevo.
—Ah. Me cambiaré el vendaje —dije, haciendo ademán de abrir la puerta.
Alexander negó con la cabeza. Salió del coche, dio la vuelta y abrió mi puerta antes de que pudiera hacer nada.
—¿Qué...?
No llegué a terminar. Me pasó un brazo por la cintura y me ayudó a salir, sosteniendo buena parte de mi peso.
Me quedé mirándolo.
El Alexander que conocía no habría hecho algo así por una Omega.
Aunque... ¿realmente podía estar tan segura?
A veces ni siquiera sabía quién era Alexander. Durante aquellos pocos meses en los que fuimos felices, había conocido a un hombre completamente distinto. Un hombre que podía ser bueno. Pero todo lo que ocurrió después había cubierto ese recuerdo de tantas cosas malas que ya ni siquiera sabía cuál de las dos versiones era la verdadera.
—Vamos —dijo, ayudándome a subir los escalones—. Quiero echarle un vistazo a esa herida.
Parpadeé.
Podría haber llamado a una Gamma o a cualquiera de los sirvientes para que se encargara de mí, pero, por alguna razón, parecía decidido a hacerlo él mismo.
Una vez dentro, me llevó directamente a la cocina, donde guardaban el botiquín. Me sentó en una de las sillas y, después de lavarse las manos, sacó todo lo necesario.
—Esto va a escocer.

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