Cuando la cocina empezó a quedarse vacía y las demás fueron retirándose para pasar la noche, vi a Anya junto a una de las ventanas.
Su nombre también había aparecido entre las seleccionadas. Tal como esperaba después de todo el esfuerzo que había puesto en prepararla, había conseguido pasar a la siguiente ronda.
—¿Puedes creerlo? —dijo en cuanto me acerqué—. ¡Las dos pasamos! ¡No me lo puedo creer!
—Sobre eso... —empecé, buscando las palabras—. He decidido retirarme esta noche.
La sonrisa de Anya desapareció.
—¿Qué? ¿Por qué? Hoy lo hiciste increíble. Tu puntuación fue de las más altas.
—Yo solo entré por el trabajo. Nunca quise participar en la Prueba de Luna.
Le di una palmadita en el brazo.
—Pero tú sí quieres estar aquí. Y no necesitas que yo te lleve de la mano. Eres perfectamente capaz de hacerlo sola.
Anya negó enseguida.
—No lo soy. Hoy apenas conseguí pasar, y de aquí en adelante todo será mucho más difícil. Si tú no estás para ayudarme...
—Anya, puedes hacerlo.
Esta vez hablé con firmeza.
—Tú eres la que más motivos tiene para ganar de todas las que están aquí. Eso vale mucho más de lo que crees. Además, tienes algo que no se puede enseñar: elegancia natural. Solo te falta confiar un poco más en ti misma.
Anya abrió la boca para responder, pero volvió a cerrarla. Debió de darse cuenta de que no iba a hacerme cambiar de opinión.
—Entonces... ¿al menos seguirás ayudándome aunque te retires?
Vacilé.
No quería tener nada más que ver con la Prueba de Luna. Ya había llegado mucho más lejos de lo que pretendía y quería cortar aquello de raíz.
Pero Anya era distinta.
Era una buena chica y, a diferencia de muchas de las otras concursantes, no estaba allí por la fama ni por el privilegio de convertirse en la Luna de Alexander. Lo hacía por su familia.
Era difícil negarse a algo así.
—Está bien. Te ayudaré.
La cara de Anya se iluminó.
—Gracias. De verdad. Eres la mejor amiga que he tenido en muchísimo tiempo.
Amiga.
La palabra me tomó desprevenida.
No recordaba la última vez que alguien me había llamado así y lo había dicho de corazón.
No desde...
Aparté el pensamiento antes de terminarlo.
No desde que había muerto.
Después de despedirme de Anya, salí por la puerta trasera de la casa. Pasé por el jardín y recogí un pequeño puñado de flores silvestres antes de seguir caminando por los terrenos de la manada hasta llegar al pequeño cementerio donde descansaban los miembros de la Manada Ashclaw.
Nunca había ido allí.

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