Perspectiva de Alexander
Levanté la vista de los informes presupuestarios que tenía esparcidos sobre el escritorio y me encontré con la niñera en la puerta de mi despacho.
—¡No borres mi nombre de la lista!
Su aparición había sido tan repentina que durante unos segundos nadie dijo una palabra. Los tres Alfas presentes se volvieron hacia ella. Tenía el pecho agitado, el cabello algo revuelto y los ojos encendidos.
Y yo me quedé mirándola.
Por un instante, olvidé por completo la reunión.
No estaba viendo a Stella.
Estaba viendo a Ella.
Diosa, había algo en ella que me recordaba demasiado a mi esposa. No solo el parecido físico. Era su manera de irrumpir en mi despacho sin avisar, de exigir lo que quería sin preocuparse por quién estuviera delante... Era exactamente ese carácter terco y apasionado que Ella apenas había empezado a mostrar durante los últimos meses de su vida.
El mismo carácter que, después de cinco años de matrimonio, había deseado conocer mucho antes.
Mi corazón dio un vuelco, como si Ella estuviera realmente allí, delante de mí, dándome una segunda oportunidad de conocer esa parte de ella.
Por un instante, quise levantarme, acercarme y estrecharla entre mis brazos. Quise disculparme por todo.
Pero no podía.
Stella podía parecerse a Ella e incluso comportarse como ella, pero no era Ella. Eso era imposible.
Aun así, tenía que reconocer que me había sorprendido. Hacía falta valor para que una Omega irrumpiera así en el despacho del Rey Alfa, y más aún durante una reunión con tres Alfas de alto rango. Cualquier otro sirviente habría esperado fuera, aunque tuviera que hacerlo durante horas, antes que arriesgarse a provocarme.
Pero Stella no.
Tenía algo de Luna en ella. Como si hubiera nacido para ocupar ese lugar.
—Alfa Alexander —dijo finalmente uno de los Alfas, rompiendo el silencio—. ¿Vas a permitir que una Omega interrumpa nuestra reunión o podemos continuar?
Parpadeé y volví en mí. Los tres me observaban, esperando que pusiera a la Omega en su sitio.
Tenían razón. No podía dejar pasar algo así. No si quería mantener la autoridad que correspondía a un Rey Alfa.
—Stella —dije con frialdad—, esperarás fuera hasta que termine la reunión. Y la próxima vez, tendrás la cortesía de solicitar una cita por los canales correspondientes.
El color abandonó su rostro.
Sentí una punzada en el pecho al ver el dolor que cruzó sus facciones, pero la ignoré. Un Rey Alfa no podía permitir que sus subordinados lo trataran así.
Ese privilegio solo se lo había concedido a una persona.
A mi esposa.
—Y si vuelves a interrumpir una de mis reuniones sin permiso —añadí—, tendrás que buscarte otro trabajo. ¿Está claro?
Stella permaneció inmóvil durante unos segundos, como si estuviera luchando por encontrar algo que decir. Al final, bajó ligeramente la mirada.
—Sí, Alfa. Lo siento.
Se dio la vuelta y se marchó.
En cuanto la puerta se cerró, los otros Alfas soltaron una carcajada.
Yo, en cambio, seguí mirando el lugar por donde había desaparecido.
No entendía por qué, ahora que aquellos ojos plateados ya no estaban clavados en mí, sentía de repente un vacío tan extraño en el pecho.
***
Perspectiva de Ella
Sentí que algo se me endurecía por dentro cuando Alexander me habló de aquella manera. Y escuchar las risas al otro lado de la puerta solo consiguió empeorarlo.
Durante las últimas semanas, había habido momentos en los que empecé a preguntarme si quizá Alexander no era tan despiadado como yo recordaba. Cuando se ocupó de mis heridas después de la cacería, cuando fue amable conmigo en la cocina... Por unos instantes, había vuelto a ver al hombre del que una vez me enamoré.

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