Perspectiva de Ella
Cuando regresé de ver a Alexander, encontré a Anya todavía en su habitación. Seguía sentada al borde de la cama, aferrada a los mechones que le quedaban de sus hermosos rizos rojos. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos de tanto llorar, y las lágrimas aún le corrían por las mejillas.
Se me encogió el corazón al verla así. Y pensar que todo aquello había empezado porque estaba compitiendo por convertirse en la Luna de un hombre como Alexander... Solo de pensarlo volvía a hervirme la sangre, así que preferí apartar esa idea de mi cabeza.
—Ven —dije, sacando las pequeñas tijeras que había cogido de la cocina—. Déjame arreglarte esto.
Anya levantó la mirada, todavía con los ojos llenos de lágrimas.
—¿De verdad harías eso por mí? Había pensado en ir a una peluquería, pero gasté todo lo que me quedaba del último sueldo en el vestido que me destrozaron anoche y no vuelvo a cobrar hasta...
—Siéntate. —Le señalé el taburete frente al pequeño tocador con una sonrisa—. No prometo que vaya a quedar como un corte profesional, pero al menos podemos arreglar el desastre.
Pasé la siguiente hora recortando y dando forma con cuidado a lo que quedaba de su cabello. Poco a poco, aquel corte desigual fue tomando forma hasta convertirse en un adorable corte pixie que, para mi sorpresa, le sentaba de maravilla. Le hacía resaltar los ojos grandes y suavizaba aún más sus facciones redondeadas, dándole un aire dulce y juvenil.
—Listo. —Di un paso atrás para contemplar el resultado—. Mucho mejor.
Anya se giró hacia el espejo. Durante unos segundos se quedó mirándose sin decir nada. Luego se llevó las manos al cabello y su expresión se iluminó.
—Vaya... ¡Me gusta de verdad!
—Más te vale. Te queda muy bien.
Y era cierto. El pelo corto le daba un encanto que sus largos rizos habían ocultado.
Mientras ella seguía examinándose desde distintos ángulos, dejé las tijeras a un lado.

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