Perspectiva de Ella
La luz del sol se colaba entre las cortinas, calentándome el rostro y sacándome poco a poco de un sueño profundo. Parpadeé adormilada, tardando unos segundos en darme cuenta de que estaba en la cama, tapada hasta el cuello y todavía con el vestido negro de la noche anterior puesto.
No recordaba cómo había llegado allí. Lo último que tenía presente era haberme quedado dormida en el coche.
“¿Alexander me había cargado hasta la cama y me había arropado?”, me pregunté.
La idea hizo que mi estómago diera un pequeño vuelco antes de que pudiera frenarme. No pude evitar imaginar a Alexander sosteniéndome en brazos, firme y seguro, igual que aquella vez que Sophia me empujó del granero.
“Ya basta”, me reprendí mentalmente. “No significa nada.”
Probablemente solo no quería despertarme. O quizá hasta mandó a Gabriel a cargar conmigo.
Aun así, no podía dejar de pensar en él… y sobre todo en la promesa que me hizo anoche. ¿De verdad iba a dejar de enviarle dinero a mi padre solo porque yo se lo pedí? Eso sería… inaudito. Alexander nunca rompía contratos, y mucho menos por mí.
Pero había algo en sus ojos cuando lo prometió. Algo suave. Sincero. Y la manera en que sonrió después…
Sentí calor subir hasta mis mejillas solo de recordarlo.
“¿Qué demonios me estaba pasando?”, pensé.
Un momento estaba fantaseando con mi libertad, con el día en que Alexander me rechazara y mi loba despertara de nuevo, y al siguiente estaba sonrojándome como una adolescente por culpa de una simple sonrisa.
Mis sentimientos hacia él se estaban volviendo cada vez más confusos, y eso me aterraba.
Era peligroso pensar así. Alexander jamás elegiría marcarme en lugar de divorciarse de mí, y lo mejor era no dejar que mi imaginación siguiera descontrolándose.
Ya había aprendido al principio de nuestro matrimonio que las falsas esperanzas no llevaban a ninguna parte. Y con mi estado actual… solo terminarían matándome.
Con un suspiro, me levanté de la cama. Me quité el vestido negro y lo lancé al cesto de la ropa sucia, luego me di una ducha, me puse algo cómodo y bajé a buscar a Alexander.
Quería preguntarle directamente sobre su promesa, pero no parecía estar en casa.
Al final encontré a Lilith en la cocina. Estaba cocinando algo en la estufa que olía delicioso.
—Dormiste bastante —dijo sin siquiera girarse, como si simplemente hubiera sentido que yo estaba ahí. Siempre había sido buena para eso—. Ya casi es mediodía.
—¿Dónde está Alexander?
—Se fue temprano esta mañana. Algo sobre una reunión.
Lilith sirvió huevos revueltos en un plato y me lo pasó.
—También hay café.


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