Mientras Valentina y su equipo se sumergían en las profundidades de la psicología humana, en la torre de Grupo Vega, la aproximación al proyecto "ConectaTech" era un ejercicio de superficialidad y arrogancia. La derrota de "Café Divino" había dejado a Isabella herida y resentida, y ahora veía esta nueva cuenta como su oportunidad para demostrar que podía ganar sin la "sensibilidad anticuada" de Valentina. Estaba decidida a crear una campaña ultra moderna, fría y agresivamente "cool", el tipo de publicidad que prioriza el estilo sobre la sustancia.
La principal reunión de lluvia de ideas para "ConectaTech" tuvo lugar en la sala de juntas más grande de la agencia. Isabella presidía la reunión, vestida con un conjunto de diseñador que probablemente costaba más que el presupuesto de producción de la campaña de "El Horno Mágico". Alejandro estaba presente, pero actuaba más como un espectador real que como un líder, observando con una aprobación pasiva mientras Isabella tomaba las riendas.
—Señores, seamos claros —comenzó Isabella, su tono era cortante y condescendiente—. Esto es tecnología. No estamos vendiendo café de la abuela. Estamos vendiendo el futuro. Nuestra campaña tiene que ser disruptiva, sinérgica y aspiracional. Quiero que la gente vea el anuncio y desee ser las personas que aparecen en él.
Sus referencias visuales eran un catálogo de clichés de la publicidad tecnológica. Proyectó imágenes de jóvenes modelos de aspecto andrógino en apartamentos minimalistas de concreto, mirando sus teléfonos con expresiones de aburrimiento existencial. Mostró anuncios de otras marcas tecnológicas que utilizaban gráficos abstractos en movimiento y una música electrónica fría y repetitiva.
—Quiero esto —dijo, señalando una imagen de un hombre con un peinado perfecto, solo en un loft con vistas a una ciudad genérica—. Soledad, pero una soledad cool. Exclusividad. La idea de que si usas "ConectaTech", eres parte de una élite, de un club secreto de gente interesante.
Uno de los creativos más jóvenes, un redactor que había trabajado brevemente con Valentina y había sido inspirado por su enfoque, se atrevió a intervenir.
Alejandro, sin embargo, asintió con aprobación.
—Me gusta. Es directo, es potente. Suena a poder —dijo, revelando su total desconexión con el verdadero propósito del producto. Para él, como para Isabella, todo se reducía a una demostración de estatus.
La reunión concluyó con Isabella asignando tareas. El equipo salió de la sala no con la energía de la inspiración, sino con la pesadez de la resignación. Sabían que estaban a punto de crear una campaña mediocre, una propuesta genérica y sin alma que no tenía ninguna posibilidad de conectar con nadie. Pero en el nuevo Grupo Vega, la disidencia no era una opción. La visión de Isabella, superficial y vacía como era, se había convertido en ley. Estaban puliendo una pieza de latón, convencidos de que estaban trabajando con oro.

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