La noticia de la pérdida de la cuenta de "ConectaTech" llegó a la torre de Grupo Vega no a través de un correo electrónico formal, sino como un tsunami de chismes y rumores que arrasó la agencia en cuestión de minutos. Un contacto de bajo nivel en el equipo de marketing de la startup, leal a uno de los directores de cuenta de Alejandro, envió un mensaje de texto críptico: "Lo siento. Ganó la otra".
Cuando el mensaje llegó a Alejandro, que estaba en su oficina revisando los nefastos informes legales de su divorcio, su primera reacción fue de incredulidad. ¿La otra? ¿Qué otra? ¿Se refería a una de las otras grandes agencias? Le tomó un momento procesar la impensable posibilidad de que "la otra" fuera la insignificante startup de su ex esposa.
Confirmó la noticia con una llamada furiosa a su contacto, y cuando la verdad se asentó, la incredulidad se transformó en una rabia tan fría y tan intensa que pareció absorber todo el calor de la habitación. No gritó. No golpeó el escritorio. Se quedó completamente inmóvil, mirando por el ventanal la ciudad que se extendía a sus pies, su ciudad, su reino. Y en ese reino, una pequeña y insignificante rebelde acababa de saquear una de sus provincias más preciadas.
La humillación era absoluta. No había perdido contra un competidor de su tamaño. Había sido derrotado por Valentina. Por una mujer que él consideraba su creación, su propiedad. Por una agencia de dos personas trabajando en una oficina alquilada en Chapinero. Lo había vencido no con poder, ni con dinero, ni con conexiones, sino con una simple idea. Y esa era la ofensa más imperdonable de todas. Demostraba que su talento era real, independiente de él, y que quizás, como ella le había gritado en su última noche juntos, él la necesitaba a ella más de lo que ella jamás lo había necesitado a él.
Llamó a Isabella a su oficina con un tono tan gélido que ella entró temblando.
—¿Qué pasó? —preguntó él, su voz era un susurro peligroso.
La rabia en su interior comenzó a solidificarse, a convertirse en un propósito oscuro y helado. La guerra ya no era solo legal, sobre el dinero y los bienes. Ahora era personal, existencial. Ya no se trataba de contenerla o de castigarla. Se trataba de destruirla. De aniquilarla. De borrar a "Creativos V.R." del mapa para que nadie volviera a recordar que alguna vez existió.
—Escúchame bien, Isabella —dijo, su voz ahora era tranquila de nuevo, pero con una calma mucho más aterradora que sus gritos—. Tu único trabajo a partir de ahora es encontrar la manera de arruinarla. Quiero que uses cada contacto, cada rumor, cada táctica sucia que conozcas. Quiero que llames a los proveedores y les recuerdes quién paga sus facturas más grandes. Quiero que hables con los clientes y les siembres la duda sobre su estabilidad. No me importa cómo lo hagas. Quiero que la aísles, que la asfixies, que la dejes sin un solo cliente, sin un solo aliado. Quiero que venga a mí de rodillas, suplicando.
La humillación se había convertido en una rabia helada, y esa rabia, en una promesa de destrucción total. Alejandro Vega ya no estaba jugando a ganar. Estaba jugando a quemar el tablero de juego por completo.

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