Valentina y Carlos salieron del edificio de "ConectaTech" y se encontraron con el sol brillante de la tarde bogotana. Durante unos instantes, ninguno de los dos dijo nada. Caminaron en silencio hacia el coche, procesando la magnitud de lo que acababa de suceder. No era solo una victoria; era un cambio de paradigma. Habían entrado en esa reunión como una startup desesperada por su primer gran contrato y habían salido como los socios estratégicos de una de las empresas tecnológicas más prometedoras del continente.
Fue Carlos quien rompió el silencio una vez que estuvieron dentro del coche, su voz era un estruendo de alegría contenida.
—¡Lo logramos, jefa! ¡Por Dios, lo logramos! —exclamó, golpeando el volante con la palma de la mano, una rara muestra de emoción explosiva—. ¡Le ganamos! ¡Le ganamos en su propia cancha!
Valentina finalmente se permitió reír, una risa genuina, liberadora, que pareció disolver meses de tensión y de miedo.
—Lo logramos, Carlos —repitió, su voz llena de una euforia que no había sentido en años—. Nosotros lo logramos.
En lugar de volver directamente a la oficina, Carlos, por iniciativa propia, condujo hasta un pequeño restaurante de barrio en La Candelaria, un lugar que conocían de sus viejos tiempos en la primera agencia donde habían trabajado juntos. Era un sitio sin pretensiones, con mesas de madera, paredes adornadas con máscaras del carnaval de Barranquilla y un menú que ofrecía la mejor sobrebarriga criolla de la ciudad. Era su lugar, un recordatorio de sus humildes comienzos.

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