La nueva oficina de Creativos V.R., que ahora ocupaba dos pisos de la casa de estilo inglés en Chapinero, se había transformado. El espacio, antes vacío y silencioso, ahora era un hervidero de energía creativa. Las paredes estaban cubiertas de pizarras de corcho llenas de ideas, bocetos y cronogramas. El aire olía a café de origen —un regalo permanente de "Café Divino"—, a tinta de marcador y a la inconfundible electricidad de una empresa en pleno auge. Pero esa tarde, la sala de juntas principal, un espacio luminoso con una gran mesa de madera recuperada y vistas al tranquilo jardín trasero, se había convertido en algo más: una sala de guerra.
Alrededor de la mesa se sentaba el núcleo de la nueva alianza, el consejo de guerra de Valentina. Estaba ella, por supuesto, en la cabecera, no como una jefa autoritaria, sino como el centro de gravedad tranquilo y estratégico. A su derecha, Mateo Castillo, quien había insistido en estar presente no como cliente, sino como socio. Su presencia aportaba una calma analítica y el peso silencioso de un imperio. A su izquierda, Sofía Herrera, con una carpeta legal abierta frente a ella y una mirada tan afilada que parecía capaz de diseccionar cualquier argumento. Y frente a ella, Carlos Nieto, el leal productor, su rostro era una máscara de determinación, listo para ejecutar cualquier plan, por imposible que pareciera.
En la gran pizarra blanca que dominaba una de las paredes, Valentina había comenzado a trazar un organigrama. Pero no era el de su empresa, sino el de su enemigo. En la cima, con letras grandes y rojas, escribió: GRUPO VEGA.
—Hemos pasado las últimas semanas celebrando nuestras victorias y fortaleciendo nuestras defensas —comenzó Valentina, su voz era tranquila pero resonaba con una nueva y dura autoridad—. Hemos sobrevivido. Ahora, es el momento de pasar a la ofensiva. Pero no podemos atacar a ciegas. Necesitamos un mapa. Necesitamos entender la anatomía del monstruo antes de poder encontrar su corazón.
Durante las siguientes dos horas, los cuatro se sumergieron en una disección estratégica de su rival. Fue una clase magistral de inteligencia competitiva. Sofía, con su rigor legal, trazó la estructura corporativa, identificando las empresas fantasma, las participaciones cruzadas y los miembros clave de la junta directiva, señalando sus lealtades y, más importante, sus posibles conflictos de interés.
—Hay una docena de creativos brillantes allí que estarían dispuestos a saltar del barco si les ofreciéramos un salvavidas —dijo Carlos—. Están cansados de que les roben las ideas y de trabajar en un ambiente tóxico.
Valentina escuchaba, absorbía y sintetizaba toda la información, su marcador moviéndose con rapidez sobre la pizarra. El organigrama inicial se convirtió en un complejo mapa de batalla, lleno de flechas, notas y signos de interrogación. Identificaron las fortalezas de Grupo Vega: su inmenso capital, su red de influencia política de la vieja guardia y su cartera de clientes leales y establecidos. Pero, más importante, identificaron sus debilidades: una arrogancia que los hacía ciegos a la innovación, una estructura burocrática que los hacía lentos, una cultura interna tóxica que generaba deslealtad y, sobre todo, una total dependencia de su reputación histórica. La sala de guerra de Creativos V.R. había completado su primer objetivo: tenían el mapa del territorio enemigo. Ahora, solo tenían que decidir dónde asestar el primer golpe.

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