Al final de esa semana vertiginosa, Valentina reunió a su equipo. La pequeña oficina de Chapinero, que apenas unas semanas antes había sido un refugio silencioso para dos personas, ahora bullía de actividad. Había contratado a tres nuevos diseñadores y a un planificador de medios, y el espacio estaba lleno de la energía caótica y vibrante de una agencia en plena expansión.
Su equipo, su pequeño ejército leal, se reunió a su alrededor. Sus rostros, que la semana anterior habían estado marcados por el miedo y la incertidumbre, ahora brillaban de emoción y de un orgullo feroz. La noticia de la alianza con los Castillo, seguida por la avalancha de llamadas de proveedores y clientes suplicantes, los había llenado de una sensación de invencibilidad. Eran parte de la historia más emocionante de la ciudad, y lo sabían.
Valentina se paró frente a ellos, no como una jefa, sino como su generala en la víspera de una nueva y decisiva batalla. Sostuvo una copa de champaña, una de las muchas botellas que les habían enviado como regalo de felicitación durante toda la semana.
—Equipo —comenzó, su voz resonando con una nueva y profunda autoridad—. Quiero que brindemos. No por nuestros nuevos socios, ni por nuestros nuevos clientes, ni por el dinero que vamos a ganar. Quiero que brindemos por nosotros. Por haber aguantado en las trincheras cuando todo parecía perdido. Por haber creído en una idea cuando el mundo entero nos decía que estábamos locos. Por nuestra lealtad. ¡Salud!
—¡Salud! —respondieron todos al unísono, sus voces llenas de una emoción genuina.
Después del brindis, la expresión de Valentina se volvió más seria, más estratégica.
—Lo que hemos logrado esta semana es increíble. Hemos sobrevivido al primer asalto. Pero quiero que todos tengan algo muy claro: esto no ha terminado. Solo ha cambiado de fase.

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