La humillación de Isabella fue un espectáculo silencioso y brutal, orquestado a la perfección por Alejandro para que sirviera como una advertencia para el resto de la agencia. No hubo gritos ni escenas. Solo una procesión lenta y metódica que fue mucho más efectiva en su crueldad.
Acompañada por la imponente y silenciosa figura del Coronel Salgado, Isabella caminó desde el despacho de Alejandro hasta su propia oficina. El trayecto, que normalmente le llevaba treinta segundos, se sintió como un corredor de la muerte. La noticia de su despido pareció extenderse por la oficina a la velocidad de la luz. A su paso, las conversaciones se detenían, el tecleo de los computadores cesaba. Todos los ojos se posaron en ella. No había miradas de simpatía, solo una mezcla de curiosidad morbosa, de miedo y, en algunos, de una mal disimulada satisfacción. Eran los mismos colegas a los que ella había manipulado, a los que había pisoteado en su ascenso. Y ahora, estaban presenciando su caída.
Al llegar a su oficina, una asistente ya la esperaba con una caja de cartón marrón, el símbolo universal de la desgracia corporativa.
—Quince minutos —dijo Salgado, su primera y única palabra, mientras se apostaba en la puerta, con los brazos cruzados, como un carcelero.
Con manos temblorosas, Isabella comenzó a recoger sus pertenencias. El proceso fue una tortura. Cada objeto que tocaba era un recordatorio de la vida que acababa de perder. La elegante pluma Montblanc que Alejandro le había regalado en su primer aniversario. Las fotos enmarcadas de ella en eventos sociales, sonriendo junto a gente poderosa. Los pequeños lujos que había acumulado, los símbolos de su estatus. Ahora, tenía que meterlos, de forma indiscriminada, en una caja de cartón fea y anónima.
Fue escoltada fuera del edificio por la puerta principal, a plena luz del día, a la vista de todos los que entraban y salían. Un mensajero tuvo que sostenerle la puerta mientras ella luchaba por salir con la caja. Se quedó de pie en la acera de la concurrida calle, el sol de la tarde brillando sobre ella, desorientada, sola, con todas sus posesiones mundanas en una caja de cartón.
Un taxi se detuvo. El conductor la miró con una mezcla de lástima y curiosidad. Subió al coche, dejando la caja en el asiento a su lado. Mientras el taxi se alejaba, miró por última vez la imponente torre de cristal de Grupo Vega, el símbolo del poder y el estatus que había estado tan cerca de alcanzar y que ahora había perdido para siempre. La humillación era total. Absoluta. Y en la soledad del taxi, Isabella Montenegro finalmente se derrumbó, sus sollozos eran el único sonido que quedaba de su imperio en ruinas.

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