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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 216

El taxi se movía a trompicones por el denso tráfico de la tarde bogotana, pero Isabella no era consciente del mundo exterior. Estaba atrapada en la burbuja de su propia y humillante caída. La caja de cartón en el asiento a su lado era un recordatorio tangible de su desgracia, un ataúd para la vida que había construido con tanto esmero. Cada objeto dentro —la pluma de diseñador, las fotos enmarcadas, los pequeños lujos— era un fantasma que se burlaba de ella. El sol que se filtraba por la ventanilla le parecía obsceno en su alegría, una afrenta a la oscuridad que se había apoderado de su alma.

El shock inicial, la parálisis del terror en la oficina de Alejandro, había comenzado a disiparse, reemplazado por las brasas ardientes de una rabia tan profunda y tan pura que era casi una forma de energía. No era la ira petulante de una mujer a la que le han negado un capricho. Era la furia existencial de alguien a quien le han robado no solo su futuro, sino también su pasado, al revelarle que toda su narrativa personal había sido una farsa.

Las palabras de Alejandro resonaban en su cabeza, un eco cruel que se repetía en un bucle infinito. "Nunca estuviste a la altura de Valentina". Esa había sido la estocada final, la herida más profunda. Durante años, Isabella se había medido contra Valentina, su envidia era el motor secreto de su ambición. Había creído que, al seducir a Alejandro, al usurpar el lugar de Valentina en la oficina y en su vida, había ganado. Pero las últimas palabras de Alejandro le revelaron la amarga verdad: nunca había estado compitiendo. Para él, ella nunca había estado en la misma liga. Valentina era la reina, y ella, Isabella, solo había sido un peón, una distracción.

El dolor de esa revelación se transformó en un odio que lo abarcaba todo. Su venganza ya no era un simple deseo de hacerle pagar a Alejandro por su traición. Se había convertido en una necesidad visceral de quemar su mundo entero hasta los cimientos. Y ese mundo incluía no solo a Alejandro, el rey débil que la había desechado, sino también a Don Ricardo, el patriarca que representaba el poder que la había aplastado, y a Valentina, la reina fantasma cuyo espectro la había atormentado y definido durante tanto tiempo. Si no podía ser la reina, se aseguraría de que no quedara ningún reino que gobernar.

Le pidió al taxista que la llevara a un hotel barato en el centro, un lugar anónimo donde nadie la reconocería. La habitación era pequeña, impersonal, con una ventana que daba a un patio interior ruidoso. El contraste con el lujoso apartamento que Alejandro le había regalado era una nueva humillación. Se sentó en el borde de la cama, la caja de cartón a sus pies. Se sentía completamente sola, despojada de su estatus, de su trabajo, de su amante. No tenía a nadie a quien llamar, ninguna red de seguridad.

Pero entonces, su mirada se posó en su bolso de diseñador, el único vestigio que le quedaba de su antigua vida. Metió la mano dentro y sus dedos encontraron el objeto frío y duro que había guardado allí: el disco duro externo encriptado. Su póliza de seguro. Su única arma.

Una lenta y peligrosa sonrisa comenzó a formarse en sus labios, una mueca que no tenía nada que ver con la alegría. Alejandro creía que la había despojado de todo. Pero se había olvidado de una cosa. Antes de caer en su trampa, antes de copiar los archivos falsos, ella ya había hecho su propia cosecha. Tenía los secretos reales. Y en la desolación de esa habitación de hotel barata, se dio cuenta de que una mujer que no tiene nada que perder es la mujer más peligrosa del mundo. Su venganza no sería una simple rabieta. Sería una obra de arte. Una demolición calculada y total.

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