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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 235

En su despacho, Don Ricardo vio la rueda de prensa en la televisión. Su rostro, por primera vez, mostró una grieta en su armadura de arrogancia. Vio la expresión de determinación en el rostro del Fiscal General y supo que esto no era un teatro para calmar a la opinión pública. Esto era real. El estado, la única entidad más poderosa que él, acababa de entrar en el juego. Y venía a por él. La guerra que él había declarado en las sombras se había convertido en una batalla a plena luz del día, y el campo de batalla ahora era un tribunal de justicia.

La mañana siguiente al anuncio del Fiscal General, la guerra se materializó de la forma más visible y humillante posible. A las nueve en punto de la mañana, una caravana de camionetas negras del CTI, el Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía, llegó a la entrada de la torre de Grupo Vega. Las puertas se abrieron y una docena de agentes, vestidos con chalecos azules con las letras "CTI" en la espalda, entraron en el lujoso vestíbulo de mármol con una orden de allanamiento en la mano.

La escena fue un circo mediático. Los camiones de noticias, que habían estado haciendo guardia fuera del edificio, se abalanzaron, sus cámaras capturando cada momento. Los empleados que llegaban a trabajar se detuvieron en seco, sus rostros una mezcla de shock y terror, mientras los agentes pasaban junto a ellos con una eficiencia fría y profesional.

El equipo del CTI, liderado por una fiscal de rostro severo, subió en los ascensores hasta los pisos ejecutivos. La operación fue rápida y metódica. Presentaron la orden de allanamiento a un atónito jefe de seguridad y procedieron a sellar las oficinas de Alejandro, de Don Ricardo y del departamento financiero.

—Nadie entra ni sale. Nadie toca un solo computador —ordenó la fiscal, su voz no admitía réplica.

Los empleados fueron evacuados de esas áreas, y observaban, desde los pasillos, cómo los agentes comenzaban su trabajo. Incautaron computadoras, discos duros, teléfonos celulares y cajas enteras de documentos contables. Cada servidor que desconectaban, cada caja de archivos que sellaban, era un clavo más en el ataúd del imperio Vega.

La escena en el despacho de Alejandro fue particularmente humillante. Él estaba allí cuando llegaron los agentes. Intentó protestar, invocar el nombre de sus abogados, pero la fiscal simplemente le mostró la orden judicial firmada por un juez. Se vio obligado a hacerse a un lado, a observar en silencio cómo extraños uniformados registraban su santuario, tocaban sus posesiones, incautaban el computador que contenía los secretos de su vida. Fue la máxima violación de su poder, la prueba definitiva de que ya no era intocable.

Las imágenes del allanamiento inundaron las noticias del mediodía. Se veían cajas de evidencia siendo sacadas del edificio, a empleados llorando, a un Alejandro Vega con el rostro desencajado siendo escoltado por sus abogados a través de un enjambre de periodistas que le gritaban preguntas.

El allanamiento fue más que un procedimiento legal; fue un acto simbólico. Fue la caída de la Bastilla corporativa. La imagen de los agentes federales tomando el control de la torre de cristal de los Vega fue la prueba visual e innegable de que el imperio se estaba desmoronando. Para el público, para los clientes, para los competidores, la señal era clara: los Vega ya no eran los reyes de la ciudad. Eran simplemente sospechosos en una investigación criminal.

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