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La Valiente Transformación de una Esposa Menospreciada romance Capítulo 241

El arresto de Don Ricardo Vega no fue el final de la crisis para Grupo Vega; fue el comienzo de la implosión. A la mañana siguiente, la junta directiva se reunió en un estado de pánico absoluto. La sala de juntas, que una semana antes había sido el escenario de la arrogancia de Don Ricardo, ahora era un búnker sitiado. Los rostros de los miembros de la junta, hombres que habían navegado por décadas de crisis con una calma imperturbable, eran ahora máscaras de un miedo apenas contenido. El precio de las acciones se había desplomado otro veinte por ciento en la apertura del mercado, los clientes más importantes estaban activando las cláusulas de cancelación de sus contratos y los bancos, sus supuestos aliados de toda la vida, estaban llamando para reevaluar sus líneas de crédito. El imperio se desangraba, y ellos no sabían cómo detener la hemorragia.

La reunión fue convocada por los miembros independientes de la junta, aquellos que no llevaban el apellido Vega pero cuyas fortunas estaban inextricablemente ligadas a la de la empresa. Y por primera vez en la historia de la compañía, la reunión no era una formalidad para ratificar las decisiones del patriarca. Era un consejo de guerra, un motín en toda regla.

—¡Esto es un desastre! ¡Una catástrofe! —rugió Germán Obregón, el miembro más antiguo de la junta y el líder de la facción disidente, golpeando la mesa con el puño—. ¡Cincuenta años de reputación, destruidos en una semana por la arrogancia de un hombre y la incompetencia de su sobrino!

Alejandro, sentado en su lugar habitual, se encogió en su silla. Ya no era el CEO; era el acusado en un juicio sumario. Intentó hablar, defenderse, pero Obregón lo silenció con una mirada fulminante.

—¡Tú no hables! Ya has hecho suficiente daño.

La furia en la sala era palpable. Los inversores, representados por un abogado de Nueva York que había volado de emergencia, exigían cabezas. No estaban interesados en excusas ni en lealtades familiares. Estaban interesados en salvar lo que quedaba de su inversión.

—Nuestros accionistas han perdido casi la mitad del valor de sus acciones en menos de una semana —dijo el abogado, su voz era un témpano de hielo—. Exigen una acción inmediata y decisiva. Necesitamos ver un cambio de liderazgo, una limpieza total, o retiraremos nuestra confianza y nuestro capital.

La amenaza era directa. La junta se encontraba en una posición imposible. Su lealtad histórica a la familia Vega chocaba con la cruda realidad de la supervivencia financiera. Sabían que para salvar la empresa, tenían que cortar de raíz la fuente de la infección. Y la fuente tenía un nombre: Vega. El pánico se apoderó de ellos mientras se daban cuenta de que la única manera de salvar el imperio era traicionar al emperador. La reunión se convirtió en un torbellino de acusaciones, de gritos, de hombres asustados intentando salvar su propio pellejo. Y en el centro de todo, silencioso y patético, estaba Alejandro, el heredero que estaba a punto de presidir el funeral de su propio reino.

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