El final fue rápido y brutal, desprovisto de cualquier atisbo de la falsa cortesía que suele acompañar a las ejecuciones corporativas. Después del patético intento de defensa de Alejandro, Germán Obregón ni siquiera se molestó en pedir una deliberación. La decisión ya estaba tomada, era palpable en el aire frío de la sala.
—Propongo una segunda moción —dijo Obregón, su voz era un martillo que clavaba el último clavo en el ataúd—. Que esta junta directiva destituya, con efecto inmediato, al señor Alejandro Vega de su cargo como Presidente y CEO de Grupo Vega y de todos los demás cargos que ocupe en esta compañía.
No pidió un debate. Simplemente dijo:
—Los que estén a favor.
Una por una, las manos se alzaron alrededor de la mesa. Fue unánime. Cada miembro, incluso los que habían sido los más cercanos a su padre, votó a favor de su despido. Fue un repudio total, un exilio de su propio reino.
Alejandro se quedó sentado, paralizado, mientras las palabras de la moción se asentaban. Despedido. La palabra le parecía extraña, ajena, una palabra que se aplicaba a otros, a la gente común, no a él, no a un Vega.
—No pueden hacerme esto —susurró, más para sí mismo que para nadie más—. Esta empresa es mi familia.
Lo escoltaron fuera de la sala de juntas, la misma sala desde la que había gobernado con una arrogancia incuestionada. Mientras la puerta se cerraba detrás de él, pudo oír cómo la reunión continuaba sin él, la voz de Obregón ya discutiendo el nombramiento de un CEO interino, como si él nunca hubiera existido.
Su última caminata por los pasillos de la agencia fue un borrón de rostros que se apartaban, de susurros que se ahogaban a su paso. Fue escoltado hasta su despacho, donde se le permitió meter en una caja un par de fotos y objetos personales bajo la atenta mirada del guardia. Luego, fue llevado no por el ascensor privado de la presidencia, sino por el ascensor de servicio, hasta el garaje.
Se quedó de pie junto a su Porsche, solo, con una caja de cartón en las manos. El hombre que lo había tenido todo acababa de perderlo todo. Su empresa, su poder, su nombre. Y mientras salía del garaje hacia la dura luz del día, se dio cuenta de que la arquitecta de su ruina no había sido la junta directiva, ni su tío, ni siquiera sus enemigos. Había sido él mismo. Y la mujer a la que había despreciado, la reina que había exiliado, simplemente le había puesto un espejo delante para que viera su propia y patética destrucción.

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