Acorralado, humillado, con la mirada acusadora de toda la junta directiva clavada en él, Alejandro sintió una oleada de pánico que lo impulsó a hablar. Tenía que defenderse. Tenía que luchar. No podía simplemente sentarse allí y aceptar su propia ejecución.
—No pueden culparme de todo esto —dijo, su voz sonaba más débil y más aguda de lo que pretendía—. Yo… yo no lo sabía todo.
Intentó usar la misma defensa que había usado con la fiscal, la misma excusa patética que no le había funcionado entonces y que sonaba aún más hueca ahora.
—Mi tío controlaba todo. Las finanzas, las decisiones importantes… Él era el poder real en esta empresa. Yo era solo la cara pública. Muchas de estas cosas se hicieron sin mi conocimiento.
Germán Obregón soltó una risa seca y sin alegría.
—¿Sin tu conocimiento, Alejandro? ¿De verdad esperas que nos creamos esa estupidez? Tu firma está en docenas de documentos fraudulentos. Tus correos electrónicos demuestran tu complicidad. Y el escándalo del apartamento de tu amante, la famosa "Campaña Fantasma", fue enteramente obra tuya. ¿También vas a decir que no sabías nada de eso?
Sin el poder de su tío para protegerlo, sin el manto de miedo y respeto que su apellido le había otorgado, Alejandro quedó expuesto como lo que realmente era: un hombre débil, asustado, sin argumentos, sin honor. Su intento de defensa no fue una lucha valiente; fue el pataleo de un niño mimado que se niega a aceptar las consecuencias de sus propios actos.
Se quedó sin palabras, su boca abriéndose y cerrándose sin que saliera ningún sonido. Miró a su alrededor, a los rostros impasibles de los hombres que estaban a punto de decidir su destino. Y en sus ojos, no vio ira. Vio algo mucho peor: vio desprecio. Y supo, con una certeza absoluta y devastadora, que estaba completamente solo. No tenía defensa. No tenía escapatoria. Su caída era total.

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