El domingo por la tarde, justo cuando el sol comenzaba su lento descenso hacia las montañas, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rosados, Mateo le dijo a Valentina que tenía una última sorpresa para ella. Salieron del pueblo en el coche y condujeron por un camino de tierra que ascendía por una de las colinas que rodeaban el valle. El camino era estrecho y empinado, y Valentina no tenía idea de a dónde la llevaba.
Finalmente, después de unos veinte minutos, se detuvieron en un pequeño claro en la cima de la colina. El lugar era de una belleza sobrecogedora. No había nada allí, excepto unos pocos árboles retorcidos por el viento y una vista panorámica de 360 grados que dejaba sin aliento. Abajo, Villa de Leyva parecía una maqueta de casas blancas y tejados rojos. Más allá, el valle se extendía en un mosaico de verdes y ocres, salpicado por el azul de pequeños lagos. Y al fondo, las montañas se recortaban contra el cielo en llamas del atardecer.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Valentina, su voz era un susurro de asombro.
—Es mi lugar perfecto —respondió Mateo, apagando el motor del coche. Se quedaron en silencio por un momento, simplemente absorbiendo la inmensidad y la belleza del paisaje.
Salieron del coche y caminaron hasta el borde del mirador natural. El viento soplaba suavemente, trayendo consigo el olor a tierra húmeda y a eucalipto.
—Y quería traerte aquí hoy, Valentina. Porque estoy a punto de tomar la decisión más importante de mi vida. Y quería hacerlo en el único lugar que se siente como un ancla para mi alma.
La atmósfera, que había sido de una serena nostalgia, se cargó de repente con una electricidad palpable. Valentina lo miró, y en la profundidad de sus ojos vio una pregunta, una promesa, un futuro entero. El sol se hundía lentamente detrás de las montañas, pintando el cielo con pinceladas de púrpura y oro. El mundo pareció detenerse, el viento callar, la tierra contener la respiración. Estaban solos, en la cima del mundo, en un lugar perfecto, en el umbral de un momento que cambiaría sus vidas para siempre.

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