Por un instante, Valentina se quedó sin palabras, el aire atrapado en sus pulmones. El mundo a su alrededor pareció desvanecerse, el cielo en llamas, el valle silencioso, todo reducido a un punto focal: el hombre arrodillado ante ella, ofreciéndole no solo un anillo, sino un futuro que ella nunca se había atrevido a soñar. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se derramaron, rodando por sus mejillas, pero no eran lágrimas de tristeza ni de dolor. Eran lágrimas de una alegría tan pura, tan abrumadora, que se sentía como una limpieza, como si estuvieran lavando las últimas cicatrices de su pasado.
—Sí —susurró, y la palabra fue apenas un soplo de aire, casi inaudible—. Sí. Por supuesto que sí.
La sonrisa que iluminó el rostro de Mateo fue como ver el amanecer. Con manos temblorosas de emoción, tomó el anillo de la caja y lo deslizó en su dedo. Encajaba a la perfección. La esmeralda, fría al principio, pareció calentarse al instante contra su piel, su profundo color verde era una promesa de esperanza y nuevos comienzos.
Mateo se puso de pie y la envolvió en sus brazos. Valentina se aferró a él, enterrando su rostro en su hombro, sus sollozos ahora mezclados con una risa de pura felicidad. Se quedaron así, abrazados en la cima de la colina, mientras la última luz del día se desvanecía y el cielo se llenaba de un millón de estrellas.
Cuando finalmente se separaron, él le secó las lágrimas con los pulgares, su mirada llena de una ternura infinita.

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