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La Verdad No Sangra, Pero Yo Sí romance Capítulo 4

—¿Dónde demonios estás? Me desperté en el coche y tú no estabas, en tu lugar había un tipo desconocido manejando, ¿qué pasó? —sonaba alteradísima.

—Tuvimos un percance, pero llego en un rato. El tipo es el chofer de Alberto, Sergio. No es ningún secuestrador ni nada —explicó Miranda mientras agitaba el brazo sano para parar un taxi en la calle.-

—Sale, te espero aquí en mi depa.

Miranda colgó y siguió buscando transporte.

—¿A dónde vas? Te llevo —la voz profunda de Alberto resonó a sus espaldas.

Miranda dudó un instante y contestó cortante: —No hace falta, gracias.

El hombre, imperturbable, se plantó frente al lado del copiloto, le abrió la puerta y se quedó ahí esperando. Era una insistencia silenciosa, pero avasalladora.

El viento volvió a desatar una ráfaga de nieve. El frío paralizante hacía que la madrugada se sintiera aún más lúgubre.

Las miradas chocaron en un silencio asfixiante durante más de veinte segundos. Al final, fue Miranda quien cedió. Caminó hasta el asiento del copiloto y se dejó caer adentro.

Alberto subió del lado del conductor, arrojó su abrigo mojado de nieve en los asientos traseros y exigió sin mirarla: —Dirección.

Ella dictó la dirección con voz robótica. El hombre arrancó y la pesada camioneta comenzó a avanzar.

Mucho tiempo después, sin apartar la vista del asfalto resbaladizo, él lanzó la pregunta:

—¿Cuánto tiempo te quedas?

—Poco —fue su respuesta; seca, directa, un bloque de hielo.

Estaba clarísimo que no habría ningún pretexto para seguir frecuentándose, así que no había necesidad de endulzar las palabras.

Al notar aquella hostilidad absoluta, la mano de Alberto se aferró al volante, apretando con tal fuerza que los nudillos palidecieron.

La nieve empezaba a ceder. Recargada en el asiento, Miranda mantenía la vista en los postes de luz que desfilaban rápidamente por la ventanilla, con el rostro sin expresión alguna.

Esa era la primera vez que compartían un espacio cerrado desde que se habían separado, diez años atrás.

El viaje fue sepulcral. Alberto manejaba con una concentración marcial, con un perfil duro y mandíbula tensa. Toda su vibra gritaba a los cuatro vientos que nadie se le acercara.

Él no volvió a intentar sacarle plática y ella, por supuesto, tampoco.

Finalmente llegaron. En cuanto el auto frenó frente al edificio, Miranda se incorporó para zafarse el cinturón.

—Espera —retumbó aquella voz gruesa.

Ella pausó su movimiento, giró el rostro hacia él con un ligero deje de fastidio en el ceño, pero sin decir nada.

Sin darle tiempo a preguntar, Alberto ya había abierto la puerta del conductor y rodeado el frente de la camioneta.

En segundos, abrió la puerta del copiloto desde afuera.

Capítulo 4 1

Capítulo 4 2

Capítulo 4 3

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