De vuelta en el departamento, Miranda le pidió a Julia unas pijamas prestadas y se metió directo a bañar.
Frente al espejo, con el cabello escurriendo agua, la mente la arrastró otra vez a las locuras de la noche y, de nuevo, a ese rostro arrogante y divino.
Al salir del baño, encontró a Julia tirada en la sala, pegada a la pantalla de su celular. Cuando la vio envuelta en vapor, Julia soltó un silbido suave: —¿Neta no piensas quedarte esta vez que regresaste?
Miranda era una periodista consagrada. Respaldada por un ojo sumamente crítico, unas capacidades analíticas impecables y, por supuesto, su innegable presencia ante las cámaras.
Hablaba inglés, francés y alemán a la perfección, además de que su estilo periodístico pragmático y directo le había hecho ganar un nombre pesado en la prensa internacional.
—No. Nueva Alborada no es para mí —la respuesta le salió en automático, sin titubeos.
Julia se dejó caer pesadamente contra el respaldo del sofá y miró al techo: —La verdad es que... en todo el desastre de hace diez años, al Ministro Serrano le tocó cargar culpas injustas. Él no hizo nada malo.
Miranda bajó la mirada, deteniendo la toalla con la que se secaba: —No lo culpo a él. Es a mí a quien no le da el alma para superar lo que pasó.
Hizo una pausa traga saliva y añadió: —Además, sigo sin creerme el cuento de que mi papá fuera un traidor a la patria.
Julia, con total desfachatez, se arrastró por el sillón y le abrazó fuerte el brazo sano: —Esa vez cancelaste todo. Rompiste el compromiso de tajo, diste media vuelta y ni siquiera volteaste para atrás. ¡Diez años, Miranda! En serio me muero por abrirte el pecho y ver de qué carajos está hecho tu corazón, porque es duro como una piedra.
—Agradezco a la vida haber tenido las agallas de irme —replicó Miranda con una pequeña sonrisa en los labios.
Julia la inspeccionó, escaneándole el rostro de arriba abajo: —A ver, a ver... hoy que te topaste de frente a Alberto, a tu ex prometido... dime, ¿qué sentiste?
—Absolutamente nada —soltó con una voz carente de matices.
Julia torció la boca, incrédula: —Mírame a los ojos cuando digas mentiras tan grandes.
Miranda le sostuvo la mirada y soltó con calma: —Las cosas como son. Yo estoy perfectamente. Él ya tiene un compromiso encima y yo tengo una carrera a la que debo volver.
El silencio pesó un par de segundos.

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