—¡Eres una tontita!
El sueño de Silvia se esfumó por completo al escuchar esa palabra.
La pequeña abrió mucho los ojos.
—¡No soy ninguna tontita!
Andrés no quiso discutir con ella.
—Si los dos nos vamos con mamá, ¿quién va a vigilar a papá?
¿Qué?
Clara, que estaba afuera, abrió los ojos de par en par.
En la habitación, Silvia hizo exactamente lo mismo.
—¿Por qué tenemos que vigilar a papá?
—¿Te acuerdas de Sandra?
—¿Cuál Sandra?
—La de la oficina, la que te dio el pudin de mango que te hizo daño, ¿lo olvidaste?
—Ah, ya me acuerdo. ¿Qué pasa con ella?
—El tío dijo que a papá no le gustan los perfumes, y ella se puso una loción fuertísima para ir a llevarle unos documentos a su oficina.
—¿Por eso estaba llorando? Yo pensé que lloraba porque papá la había regañado por darme el pudin de mango y causarme alergia.
—... —Andrés murmuró en voz baja—. ¡Por eso digo que eres una tontita!
—¡No soy tonta! —protestó Silvia con todas sus fuerzas—. ¡Si me vuelves a decir tonta, me voy a enojar!
Andrés se quedó callado.
Silvia se dio cuenta de algo.
—Pero, ¿qué tiene que ver todo eso con vigilar a papá?
A través de la pared, Clara casi podía sentir la frustración en la pequeña espalda de su hijo.
Andrés suspiró.



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