—Ella no quiere... —antes de que Silvia pudiera seguir diciendo tonterías, Andrés le tapó la boca y se apresuró a decir—: Mamá dijo que al mediodía iba a prepararle fideos a la bisabuela, ¡así que se fue a la cocina!
Vicente tomó su teléfono y vio un montón de llamadas perdidas, pero solo le devolvió la llamada a Julián.
Al entrar a WhatsApp, vio que todos preguntaban por la abuela.
Le respondió a sus amigos más cercanos como Lucas y Kevin, y luego abrió la conversación con Jimena, quien le había enviado un enlace.
[¡El poder de lo místico, si tienes fe, se cumplirá!]
Creyendo que era alguna noticia absurda, Vicente hizo clic y, al primer vistazo, frunció el ceño.
Se trataba de dos figuras arrodilladas en actitud devota, vestidas de blanco y negro, en el salón principal del Santuario de las Mil Bendiciones.
Aunque solo se veían de espaldas, Vicente reconoció al instante a Paulina en ambas fotos.
El reportero afirmaba que la anciana Velasco se había salvado gracias a que alguien le había encendido una lámpara votiva y le había ofrecido el primer incienso del amanecer. Entre líneas, todo era un halago exagerado hacia la supuesta piedad filial de Paulina.
Si encender incienso pudiera curar a la gente, ¿entonces para qué sirven los hospitales? ¡Que todos vayan al santuario a rezar! ¡En pleno siglo XXI y todavía creyendo en supercherías!, pensó Vicente.
Soltó una risa fría y le reenvió el mensaje a Julián.
[¡Encárgate de esto!]
Después de lavarse y prepararse, Vicente fue a la habitación de la abuela. Wilfredo le estaba contando a la anciana sobre la vez que se topó con una planta carnívora en la selva amazónica. Lo narraba con un tono tan sereno que más parecía estar describiendo una margarita que una flor carnívora.
La anciana lo escuchaba a medio dormir, pero cuando vio entrar a Vicente, sus ojos se iluminaron.
—Vicente, ¡tu hermano te buscaba!
Sus miradas se cruzaron. Vicente notó la burla en los ojos de Wilfredo, mientras que Wilfredo notó el fastidio en los de Vicente: ¡Pero si la historia estaba muy interesante!
Andrés y Silvia ya se habían abalanzado felices sobre ellos.
A la hora del almuerzo, todos comieron los fideos especiales que Clara había preparado. Para Andrés, era su segunda vez comiéndolos y estaba emocionadísimo. Para Silvia era la primera vez, y llenó la habitación de pequeñas exclamaciones de asombro.
Wilfredo le hizo el favor de aplaudir el plato.
—¡Está delicioso! ¡Gracias por el esfuerzo!
Vicente comió en silencio, ganándose una mirada de reojo por parte de Clara.
La anciana Velasco, que llevaba meses a base de hierbas medicinales y sopas insípidas, había recuperado algo de su vitalidad. Contagiada por la energía de los niños, se comió más de la mitad de su plato.


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