Al ver que Clara seguía el juego tan bien, Patricio apartó un poco la daga de su cuello.
Clara estaba consumida por la desesperación. No sabía si Camilo había captado su indirecta. Pero incluso si lo había hecho, ¿cómo iba a encontrarla? Ella misma no tenía la menor idea de dónde estaba.
Con un leve pitido, se escuchó que la computadora encendía. Acompañado del ruido de teclear, Camilo dijo:
—Listo, dime el número de cuenta...
Patricio acercó su tarjeta bancaria a la cara de Clara.
—6216, 3728...
El Maybach avanzaba a toda velocidad por la avenida principal en la oscuridad de la noche. Voces serias y frías resonaban en el interior del auto.
—Encontramos el auto de la señora...
—¡Hemos entrado a la fábrica química!
—...
Desde el asiento del conductor, los ojos de Vicente destilaban una furia oscura.
Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que se le marcaban las venas.
Le había dicho un millón de veces que, sin importar a dónde fuera, siempre debía llevar a Segundo.
Aunque se hubieran divorciado, seguía siendo la señora Velasco, ¿por qué no lo escuchaba?
Si le gustaba el dinero, él tenía de sobra.
Ni siquiera necesitaba pedirlo, con solo decirle «cariño», él se lo entregaría sin dudar.
¿Tanto le importaba un estudio de vestidos como para descuidarse así?
Y peor aún... Cuando se dio cuenta de que algo andaba mal, ¿por qué no le llamó a él?
Sentía como si le hubieran encendido fuegos artificiales dentro de la cabeza.
Su furia estaba a punto de hacer que le estallaran las venas.
Pero, con solo pensar en Clara, toda esa rabia se disipaba en silencio.
¡Debía estar muerta de miedo!
Ella debería ser la princesa de la familia Soler, criada entre algodones por Mauricio y Yolanda, pero había tenido que sufrir demasiadas penas.
Debería ser la señora Velasco, tratada como reina dondequiera que fuera, pero había soportado insultos durante años.
Y ahora, quién sabe qué clase de tortura estaba viviendo.
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