¿De qué quería hablar?
Clara miró a Vicente con desconfianza.
Con una postura recta y elegante, Vicente estaba sentado en el sofá, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y el cuerpo ligeramente recostado hacia atrás.
Su mirada aguda e intensa se clavaba en el rostro de ella, imponiendo una presión abrumadora.
¡Maldito idiota!
¿Ni siquiera podía esperar a llegar a casa para pedirle el divorcio? ¿Tenía que hacerlo en el hospital?
Sin embargo, al enfrentar la mirada indescifrable de Vicente, Clara sintió una inquietud irracional en el pecho.
—¿Hablar de... de qué?
—El chofer me dijo que nunca recibió tu llamada.
El corazón de Clara dio un vuelco.
¿Sospechaba de ella?
¿Creía que había planeado abandonar a su hija desde el principio y que solo se arrepintió a última hora?
¡Zas!
Clara le lanzó su teléfono, golpeándolo en el pecho.
En la pantalla del registro de llamadas, se veía claramente un intento de llamada al chofer poco después de las cuatro de la tarde.
Timbró once veces.
Nadie contestó.
Si Clara no se equivocaba, esa llamada era para decirle al chofer que se fuera sin ellas.
Menos mal que no había contestado.
Vicente levantó la mirada.
—Entonces, ¿por qué no llevaste a Andrés?
Clara lo fulminó con la mirada.
—Si no hubiera pasado esto con Silvia hoy, mañana planeaba llevar solo a Andrés.
Vicente la miraba con absoluto escepticismo.
A Clara le importó muy poco si le creía o no.
—Lo leí en internet. Los niños con hermanos siempre envidian a los hijos únicos. Quieren sentir que todo es exclusivo para ellos, incluso sus padres, aunque sea por un solo día. Ya tuve a los dos, no puedo regresar a ninguno a mi vientre, ¿verdad? Así que la única opción es dejarles experimentar lo que se siente ser hijo único, aunque sea por unas horas.
Vicente la miró dudoso.
Clara, aprovechando la oportunidad, cambió la táctica y pasó al ataque.
—Además, ¿quién te crees que eres para cuestionarme? Seré un desastre como madre, pero al menos tengo la intención de mejorar, ¡y lo intento! ¿Y tú? Tienes la cabeza metida en el trabajo o pensando en tu amor platónico. ¿Con qué derecho me reclamas?
Ese tono, esa actitud agresiva...
Era la misma Clara caprichosa y revoltosa de siempre.
La desconfianza en los ojos de Vicente disminuyó un poco, pero su actitud seguía siendo fría.
—¿Qué amor platónico? ¡Deja de decir tonterías!
Je.
Clara soltó una risa amarga.
Pero Clara actuó como si no lo notara.
—Tu corazón ya no pertenece a esta casa, ni a mí, ni a los niños. Forzar las cosas no tiene sentido. Ya sea por mí o por nuestros hijos, no quiero que esto termine en una guerra sucia. Así que seamos directos, ¡divorciémonos! Ve y persigue la vida que quieres... ¡Yo me encargaré de cuidar a los niños!
Justo en el momento preciso, se frotó los ojos enrojecidos, interpretando a la perfección el papel de la esposa herida y abandonada.
Clara levantó la mirada hacia él.
—Terminemos esto por las buenas.
Con el rostro helado, Vicente la observaba en silencio.
El aire en la habitación se volvió tenso.
Clara sentía la intensa mirada de él, pero fingió ignorarlo. Se giró hacia su hija, mirándola con ternura, como si fuera un milagro haberla recuperado.
¡Maldito idiota, haré que la culpa te coma vivo!
Sin importar todos los errores que ella hubiera cometido, si él era el primero en pedir el divorcio, la sociedad lo iba a crucificar.
Y más ahora que Paulina había vuelto.
Con esa mujer como chivo expiatorio, Clara no iba a desaprovechar la oportunidad.
Solo esperaba que a él le quedara un poco de decencia y le agregara un par de ceros más a la pensión del acuerdo de divorcio.
La Clara que Vicente recordaba era histérica y escandalosa.
Pero la mujer frente a él se había transformado de repente en una esposa resignada y comprensiva.
Una sonrisa enigmática asomó en los ojos del hombre.
Vicente curvó los labios.

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