Capítulo 103: Dile dónde estás y con quién.
—Cassian...
El nombre salió roto. Sus ojos se encontraron y Cassian deslizó dos dedos por el centro húmedo de ella, lento al principio. Daisy gimió bajo, sin apartar la mirada, entonces él movió los dedos con agilidad hacia los lados de su clítoris, acariciando justo donde más lo necesitaba pero sin darlo todo.
La dejó latiendo y con ganas.
Cassian bajó la cabeza y rozó sus labios contra los de ella. Pero justo cuando pensaba apartarse, Daisy sacó la lengua y lamió los labios de él, provocándolo. El pecho de Cassian se agitó, cerró los ojos un segundo, mientras su pene palpitaba ansioso dentro de los pantalones.
Daisy siguió jugando, lamiendo y mordiendo suave su labio inferior.
—Juegas con fuego —musitó él.
—Apágame tú.
Cuando ella lo besó, su lengua encontró la de él sin timidez y Cassian gruñó contra su boca y metió un dedo dentro de ella.
Daisy gimió fuerte, haciendo que el sonido rebotara en las paredes de la habitación diminuta. Él empujó hasta el fondo de un solo movimiento, sintió cómo lo envolvía, caliente, húmedo, perfecto.
—Oh dios… —susurró ella contra su boca.
Cassian introdujo otro dedo y el estiramiento la hizo arquear la espalda. Su interior latía, ella se sentía viva y la temperatura subía como un espiral.
El deseo los dominaba por completo.
Se amaban con una locura que no dejaba espacio para nada más y por eso, ella abrió más las piernas, dándole todo el acceso.
Él añadió otro dedo y empezó a follarla con ellos, profundo y rítmico. Y el calor comenzó a subir por el vientre como una ola ardiente. Cada embestida de los dedos la llenaba, la estiraba, la hacía apretar alrededor de él. Por eso, lo besó con más pasión, hundiendo las manos en su cabello y despeinándolo mientras tiraba de los mechones.
Se veían salvajes y hermosos bajo la luz dorada de la lámpara.
Cassian, como el hombre experimentado que era, curvó los dedos dentro de ella, buscando ese punto exacto que sabía que la volvería loca. Y así fue, porque Daisy se tensó, moviendo sus caderas contra su mano.
El orgasmo la atravesó.
Se corrió fuerte, temblando, apretándolo con espasmos mientras un gemido ahogado salía de su garganta. Cassian se apartó apenas, sin romper el contacto visual, y su voz salió ronca y autoritaria.
—Ábreme los pantalones.
Daisy lo miró un segundo, con los ojos vidriosos de placer. Luego bajó las manos con decisión. Abrió el botón y la cremallera con dedos ansiosos, le subió la camisa de un tirón brusco y liberó su pene, para luego rodearlo con la mano y acariciarlo de arriba abajo sin dejar de mirarlo a los ojos.
Cassian cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, disfrutando del toque firme y caliente de ella.
Un gruñido bajo escapó de su pecho.
—Quisiera sentir tu boca —dijo sin abrir los ojos. Luego los abrió y la miró. Y la lujuria empañó su mirada—. Pero no es el lugar ni el momento para hundirme en tu garganta.

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