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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 78

Capítulo 78: ¿Quieres saber cuánto te amaba Isobel?

Cassian reaccionó ante la palabra "quédate". Y arrugó el papel en su puño.

—No te atrevas a tocarla, Van Deer —siseó —.No pongas tus manos sobre ella.

—¿Y qué vas a ofrecerle tú, Cassian? —Alexander se giró unos grados, lo suficiente para mirarlo por encima del hombro con desprecio—. ¿Más humillaciones? ¿Más planes de venganza basados en una mujer que te despreciaba? Ya no tienes nada. Tu altar está vacío.

Cassian ignoró a Alexander y fijó su vista en Daisy. Dio un paso hacia ella, extendiendo una mano que temblaba imperceptiblemente. No era una orden; era una súplica disfrazada de mando.

—Daisy... vámonos. No escuches sus promesas. No dejes que te compre como yo lo hice.

Alexander soltó una risa seca, se dio la vuelta y caminó hacia el vestidor. Regresó segundos después con el cuaderno de cuero entre los dedos.

—¿Quieres saber cuánto te amaba Isobel? —preguntó, abriendo el diario por una página marcada—. Escucha bien, entonces.

Alexander leyó proyectando cada palabra para que golpeara el centro del pecho de su rival.

—«Cassian cree que soy su ángel. Me mira con esa devoción estúpida y me da asco. Es tan fácil manipularlo con una mirada triste. Mientras él hace planes de una vida juntos, yo solo pienso en cómo escapar de sus abrazos para buscar a alguien que de verdad me haga arder. Si supiera que lo uso de escudo contra Alexander, se moriría».

El silencio que siguió fue asfixiante. Alexander cerró el cuaderno de un golpe y se lo lanzó a Cassian, haciendo que el diario impactara en su pecho antes de resbalar al suelo.

—Léelo todo —siseó—. Lee cómo se burlaba de tu ingenuidad mientras buscaba a extraños en la calle.

Cassian no se movió.

No gritó.

La furia que lo habitaba minutos antes se evaporó, dejando en su lugar una mancha de vergüenza corrosiva. No era solo el dolor de la traición; era la humillación de verse reflejado en esas palabras como un títere, como un hombre patético que adoró a su propia destructora.

Mientras tanto, Daisy observó la escena con un nudo en la garganta. Ver a Cassian así, despojado de su armadura y expuesto a la crueldad de Alexander, le provocó una punzada de agonía. Pero, al mismo tiempo, algo dentro de ella se quebró definitivamente. Miró a los dos hombres: uno herido por su propio pasado y el otro usando la verdad como un látigo.

La rabia ascendió desde su estómago hasta su voz.

Se acabó la sumisión.

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