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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 80

Capítulo 80: El hombre que ella merece.

En el club Inferno, el whisky ardía en su garganta, pero no era nada comparado con el fuego que consumía su pecho. Cassian levantó el vaso vacío, exigiendo otra ronda con un gesto brusco. El camarero dudó un segundo antes de servir el sexto trago de la noche.

La música electrónica vibraba contra las paredes del reservado VIP, pero Cassian apenas la escuchaba. Su mente estaba atrapada en un bucle infinito: Daisy alejándose, el motor de su coche rugiendo, la última visión de su cabello ondeando antes de desaparecer por la carretera. Prácticamente había corrido tras ella, solo para encontrar que se había ido, habían pasado unas horas, pero la mansión se sentía como un mausoleo sin ella.

—Si sigues bebiendo así, terminarás vomitando sobre tus zapatos italianos de cinco mil dólares —la voz de Adriano cortó sus pensamientos —. Y sería una lástima, porque son los únicos con buen gusto que tienes.

Adriano se dejó caer en el sillón frente a él y la mirada que le dirigió a Cassian no era la de un mafioso a su presa, sino la de un amigo viendo a otro desmoronarse.

—Vete a la m****a —masculló Cassian, vaciando el vaso de un trago.

Adriano sonrió.

—¿Sabes qué es lo más patético? —se inclinó hacia adelante, ignorando el gruñido de advertencia de Cassian—. Que estás aquí, ahogándote en alcohol caro, mientras ella probablemente está empacando para irse con Van Deer a otro país.

El vaso vacío se estrelló contra la mesa con tanta fuerza que estuvo a punto de romperse.

—No menciones a ese hijo de puta —siseó Cassian, con los ojos inyectados en sangre—. No te atrevas a decir que ella.

—¿Por qué no? —Adriano se encogió de hombros, desafiante—. Tú la empujaste directamente a sus brazos y ahora te sorprende que haya mordido el anzuelo equivocado.

Cassian se levantó de golpe, tambaleándose ligeramente. La rabia y el alcohol formaban una mezcla explosiva en su sangre. Agarró a Adriano por las solapas del traje, pero su amigo ni siquiera pestañeó.

—Ella no es como Isobel —gruñó Cassian, con la voz quebrada—. No es como ella.

—No, no lo es —respondió Adriano con calma letal—. Y ese es exactamente tu problema. Nunca la viste realmente, ¿verdad? Estabas tan obsesionado con tu venganza, tan atrapado en el fantasma de una mujer que te despreciaba, que no pudiste ver lo que tenías frente a ti.

Cassian soltó a Adriano y se dejó caer nuevamente en el sillón. El mundo giraba a su alrededor, pero no era el alcohol; era la verdad golpeándolo como una avalancha.

—La he perdido —murmuró, y por primera vez, Adriano vio algo que creyó imposible: los ojos de Cassian Roth llenos de lágrimas contenidas—. La he perdido y ni siquiera tuve el valor de decirle que la...

No pudo terminar la frase, las palabras se atoraron en su garganta como tantas veces.

Adriano observó en silencio, evaluando el desastre frente a él. Había visto a Cassian atravesar el infierno después de la muerte de Isobel, lo había visto planificar su venganza con la precisión de un cirujano y la frialdad de un asesino. Pero nunca, ni una sola vez, lo había visto así: completamente destruido por dentro.

—¿Sabes cuál es la diferencia entre Isobel y Daisy? —preguntó Adriano, sirviéndose un whisky—. Que Isobel era tu obsesión, mientras que Daisy… es tu salvación.

Cassian levantó la mirada.

—Cuando Isobel murió, te convertiste en un fantasma sediento de venganza —continuó Adriano, girando el líquido ámbar en su vaso—. Pero cuando Daisy entró en tu vida, volviste a ser humano. Te vi sonreír, Cassian. Te vi sonreír de verdad, aunque te engañaras con esa m****a de que era solo posesión.

El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades que Cassian había estado negando.

Él cerró los ojos, dejando que las imágenes de Daisy inundaran su mente: su risa cuando le contaba historias absurdas de la oficina, la forma en que fruncía el ceño cuando se concentraba, cómo se mordía el labio cuando estaba nerviosa y sus risas con pecas.

Detalles que había memorizado sin darse cuenta, momentos que había atesorado sin admitirlo.

—Incluso extraño al perro… —confesó dándole un trago a su bebida.

Adriano soltó un suspiro audible.

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