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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 87

Capítulo 87: No estoy eligiendo a ninguno de los dos.

Daisy se aferró a los apoyabrazos de su silla. Sus nudillos se tornaron blancos y su garganta se cerró, impidiéndole articular palabra.

La caja roja sobre el escritorio parecía latir entre ellos.

Sofía, captando la tensión entre ellos, se puso de pie de un salto.

—Eh... yo iré por mi té —balbuceó—. Richard siempre le pone azúcar y estoy a dieta.

Se deslizó hacia la salida, bordeando a Alexander, al llegar a la puerta, le lanzó una mirada de advertencia a Daisy y una de puro escrutinio al hombre frente a ella. En cuanto Sofía salió y la puerta se cerró, el espacio se redujo.

Alexander caminó hacia el escritorio, se detuvo a centímetros del escritorio.

—Perdona la emboscada. Pero Leo no dejaba de preguntar por ti y... bueno, yo tampoco podía sacarte de mi cabeza.

Daisy apretó el dibujo contra su regazo. Su corazón, acostumbrado a los latigazos emocionales de Cassian, no sabía cómo reaccionar ante esa calma.

—Alexander. Si Cassian te ve...

—Que me vea —la interrumpió él, buscando sus ojos con una mirada cargada de una ternura genuina—. No he venido a pelear con él, Daisy. He venido a recordarte que hay un lugar donde no tienes que ser una guerrera. Leo te extraña, pero yo extraño la luz que traes a mi casa. Ese dibujo... lo hizo anoche mientras me decía que el jardín se siente vacío sin ti.

Daisy tragó saliva y el nudo en su garganta se apretó. Frente a ella no estaba un CEO despiadado, sino un hombre que le ofrecía una familia, un refugio, un hogar sin incendios.

—Yo también lo extraño —susurró ella, sintiendo cómo su resistencia se resquebrajaba—. Pero las cosas han cambiado, Alexander. Yo…

—Nada ha cambiado para mí —él extendió la mano y, con una suavidad infinita, tomó la de ella—. Sé que estás bajo presión. Sé que Roth es... una tormenta. Pero recuerda que después de la tormenta, siempre se busca la calma. Y yo quiero ser tu calma, Daisy. Solo dime qué necesitas y moveré el cielo para dártelo. Sin condiciones. Sin juegos de poder.

Daisy lo miró, perdida entre el fuego de Cassian, que la consumía pero la hacía sentir viva, y la paz de Alexander, que le prometía el descanso que tanto anhelaba. Por un segundo, la mano de Alexander rozó su mejilla y ella no se apartó.

En ese momento, el pomo de la puerta giró.

La puerta se abrió y Cassian apareció, con la respiración entrecortada y los hombros tensos como cuerdas a punto de romperse. Su mirada bajó directo a la mano de Alexander, que aún sostenía la de Daisy.

La vena de su cuello comenzó a palpitar con violencia.

Daisy se encogió en su asiento, soltando el dibujo de Leo como si fuera evidencia de un crimen. Su corazón martilleaba contra sus costillas, atrapada en el campo de fuerza de dos hombres que prometían destruirse.

Alexander, en cambio, no se inmutó.

Se puso de pie con una lentitud insultante, ajustándose el saco mientras mantenía una sonrisa gélida y serena.

—Roth —saludó—. Deberías aprender a tocar. Algunos momentos no aceptan interrupciones.

—Fuera de mi empresa —gruñó Cassian, mientras sus manos se cerraban en puños—. Ahora mismo, Van Deer, o te sacaré yo mismo.

Alexander soltó una risa sin rastro de miedo.

—Siempre tan explosivo. Daisy es una mujer, Cassian, no una propiedad que puedas proteger con muros y guardias. Ya deberías haberlo entendido.

Cassian dio un paso al frente, pero Daisy intervino.

—Cassian, por favor... —dijo, poniéndose de pie.

Él le dio una mirada rápida y luego volvió a Van Deer.

—Ella no necesita un "hogar" que se construye con manipulación y regalos de terciopelo. Tú no eres mejor que yo, Alexander. No lo eres, la estás manipulando con tu hijo.

Alexander dio un paso hacia Daisy, ignorando por completo la furia que emanaba de Cassian.

—Me voy, Daisy. No quiero que el mal humor de tu jefe arruine tu día.

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