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LECCIONES DE MEDIANOCHE CON EL CEO romance Capítulo 96

Capítulo 96: El amor es una guerra.

Una fila de autos negros se detuvo frente a un centro comercial exclusivo en el Upper East Side. El tipo de lugar donde los precios no aparecían en las etiquetas porque si tenías que preguntar, no podías pagarlo.

La puerta del auto central se abrió.

Un zapato de cuero italiano Santoni pisó el asfalto y luego emergió un cuerpo de 1.90, envuelto en un traje Brioni gris carbón que se ajustaba a cada línea de su figura. La camisa blanca estaba abierta en el cuello, sin corbata, revelando una cadena de oro que brillaba contra su piel bronceada.

Adriano Ferrara.

Su sola presencia detuvo el tráfico peatonal. Mujeres giraron la cabeza. Hombres lo midieron con envidia apenas disimulada y él no les prestó atención a ninguno.

Se pasó la mano por el cabello negro perfectamente peinado hacia atrás. Luego sacó del bolsillo interior de su saco sus lentes Tom Ford y se los colocó con un movimiento fluido.

Comenzó a caminar hacia la entrada del centro comercial, mientras tres hombres de traje lo seguían a distancia respetuosa. A su lado, solo iba su asistente, un hombre delgado de cuarenta años con lentes y expresión perpetuamente seria, que sostenía una tablet mientras leía.

—Señor, la joyería Cartier tiene lista la pieza que encargó. El collar de diamantes y esmeraldas. Edición limitada, solo tres en el mundo.

Adriano miró su reloj y soltó un suspiro.

—Debiste avisarme antes, Tom. ¿Sabes lo que pasa si olvido su cumpleaños?

El asistente tragó saliva.

—Perdón, señor. No volverá a pasar. Prometo estar más atento a las cosas de la señorita Giuliana.

Adriano, se detuvo frente a las puertas giratorias del centro comercial y le dio una mirada de advertencia.

—Eres eficiente, Tom. El mejor asistente que he tenido, pero sabes que ella es prioridad.

Bajó sus lentes hasta que quedaron en la punta de su nariz. Sus ojos, de un verde intenso casi felino, se clavaron en Tom.

—Es la única mujer que me domina y sus deseos son órdenes para mí. Así que...

Hizo una pausa.

—No vuelvas a olvidar nada de ella. ¿Entendido?

Tom asintió rápidamente.

—Sí, señor. Entendido.

Adriano se acomodó los lentes y entró al edificio.

El interior era todo mármol blanco y oro. Tiendas de diseñador flanqueaban cada lado, pero Adriano pasó de largo todas ellas.

Se dirigió directamente a la joyería Cartier en el tercer piso. Cuando llegó un empleado abrió la puerta de vidrio antes de que pudiera tocarla.

—Señor Ferrara. Es un placer tenerlo aquí.

Adriano se quitó los lentes y los guardó.

—Veré qué más puedo comprarle. —Miró a Tom—. Dicen que las mujeres caen rendidas con una joya. Quizás pueda lograr que me perdone por haber olvidado su cumpleaños.

Tom sonrió levemente.

—Hace bien, señor.

Adriano comenzó a caminar entre las vitrinas observando: Diamantes. Rubíes. Zafiros. Cada pieza más cara que un auto de lujo.

Entonces se congeló.

Porque al otro lado de la tienda, frente a una vitrina de anillos de compromiso, estaba Alexander Van Deer.

Y él no perdió tiempo, cruzó la tienda con pasos largos y silenciosos.

—Alexander.

El otro levantó la vista y al verlo sonrió.

—Adriano Ferrara. No esperaba verte aquí.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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