Capítulo 98: ¡Ella es una mujer imposible!
Daisy se aferró a los bordes de su escritorio, sus pulmones exigían aire, pero se obligó a mantener la barbilla en alto.
—Fuera de aquí, Cassian —soltó, apuntando a la puerta con un dedo tembloroso—. No tenemos nada de qué hablar.
Él no se movió. Ignoró la orden y señaló la carpeta.
—Ábrela.
Daisy se cruzó de brazos, negándose a mirar el sobre.
—¿Qué es? ¿Mi carta de despido? Si es así, me niego. No voy a aceptar. Tenemos un trato, Cassian, y los términos estaban claros.
Él apretó los dientes, tragándose la frustración. La miró a los ojos y por un segundo vio a Alexander arrodillado pidiéndole que se casara con él.
«¿Acaso ella lo sabe? ¿Está esperando que ese idiota se arrodille?» pensó, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
—No es una amenaza, Daisy —respondió, dando un paso atrás—. Solo ábrela. Por favor.
Ese "por favor" fue el que la desarmó.
Daisy bajó los brazos y, con una curiosidad que la quemaba por dentro, tomó la carpeta. Sus dedos rozaron el material antes de abrirla, cuando lo hizo, sus ojos recorrieron las líneas rápidamente: inscripción completa, facultad de administración, pagos trimestrales liquidados, horarios flexibles.
Todo estaba a su nombre.
—¿Qué es esto? —susurró, levantando la vista.
—Tu carrera —respondió Cassian—. Está pagada. Toda. No tienes que preocuparte por el dinero, ni por trabajar horas extra para costearla. Solo quiero que cumplas tus sueños, Daisy. Aunque no sea conmigo.
Daisy sintió un nudo en la garganta que casi le impidió respirar. «¿Él recordó mi sueño? ¿Él hizo esto por mí?» Fue inevitable que su corazón se emocionara y que las cosquillas tomaran el control en su estómago.
Iba a decir algo, a agradecerle, cuando vio que él metía la mano en su bolsillo y sacaba una cajita pequeña de terciopelo azul.
Su corazón olvidó cómo latir. Clavó los ojos en esa pequeña caja, mientras su respiración comenzaba a acelerarse.
«Santo Dios, ¿eso es lo que creo que es? ¿Me va a pedir matrimonio ahora mismo? Sí, tiene que ser un anillo. Por favor, que sea un anillo.»
La esperanza, así como la ilusión la sacudió, haciéndola olvidar por un segundo el rencor.
Estaba lista para decirle que sí, para perdonarlo todo.
Cassian se acercó, abrió la tapa con lentitud y Daisy contuvo el aliento, con el alma asomada a los ojos. Entonces sus cejas se juntaron de inmediato. Porque dentro de la caja, brillando bajo la luz de la oficina, no había un diamante, ni un zafiro, ni un maldito ónix.
Era una llave de coche con un llavero de metal.

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