—¡El señor Zavala tiene muy buen ojo! Este corte le favorece muchísimo a su figura, señora. ¡Se ve muy elegante y distinguida!
Ivana ya poseía una belleza natural y llamativa, pero ese día llevaba un maquillaje ligero que resaltaba la frescura de su rostro.
Con aquel conjunto, sus curvas lucían envidiables, y su habitual dulzura se mezclaba con un aire sofisticado, perfecto para la ocasión.
Nelson la repasó de arriba a abajo y soltó un escueto: —Nada mal.
Una vez lista la compra, salieron del centro comercial caminando en silencio, uno detrás del otro, hasta llegar al estacionamiento.
En realidad, Ivana había llevado su propio auto al trabajo, pero cuando Nelson la interceptó, la había obligado a subirse al suyo.
Por lo tanto, el viejo auto usado de Ivana había sido llevado de vuelta a casa por el chofer de él.
Así que, antes de abrir la puerta del copiloto, Ivana consideró necesario aclararlo: —No es que yo no tenga auto, fuiste tú quien me obligó a venir en el tuyo. ¡Luego no andes diciendo que me aprovecho de tus cosas!
La mandíbula de Nelson se tensó. Sintió una opresión en el pecho y apretó los puños a los costados, pero fue incapaz de articular palabra.
Sin percatarse de la furia contenida en su rostro, Ivana subió al vehículo.
Al llegar a la casa, Leandra ya tenía la cena servida.
Se sentaron en los extremos opuestos de la larga mesa del comedor.
Ivana, que ya se había acostumbrado a comer sola en esos días, dio el primer bocado y sacó su teléfono para poner la telenovela que estaba siguiendo.
Apoyó el celular en un vaso y continuó cenando mientras veía el episodio.
Era una comedia romántica, y justo en esa escena la protagonista llamaba a su esposo con una voz muy dulce y cariñosa.
Nelson masticaba su comida mecánicamente, con la mirada fija en ella. La observó en silencio durante varios segundos.
Hacía una eternidad que Ivana no lo llamaba esposo con ese tono.
Recordó aquella vez que le llevó el almuerzo al hospital. Era una noche lluviosa, pero la comida que ella le entregó seguía caliente.
Ivana sintió la intensa mirada del hombre clavada en ella. Se sintió algo incómoda, pero fingió indiferencia y no apartó la vista de la pantalla.
—Deberías prestar atención a tu comida —soltó Nelson de pronto, con tono mordaz—. Cuidado y te metes el tenedor por la nariz.
Ivana se detuvo en seco, casi atragantándose con un bocado. Perdió todo el interés en el video y, de puro coraje, apagó la pantalla.
Nelson, por su parte, pareció muy satisfecho con su reacción, al punto que repitió una porción más de cena.
...
Al día siguiente, ambos se levantaron temprano.
Tenían que pasar a buscar a Petrona Montenegro y a Mauro Zavala antes de dirigirse a la casa familiar.
Para cuando finalmente pudo salir de la casa, ya había pasado más de una hora.
Al cruzar la puerta, se sorprendió al ver que estaba empezando a nevar.
La familia Zavala contaba con una flota de más de veinte choferes, y el que llegó a buscarla era un completo desconocido para ella.
Lionel tenía la licencia suspendida hasta después de las fiestas, y suponía que Luis era quien había llevado a Nelson.
Durante todo el trayecto, Ivana se mantuvo en silencio, sin ánimos de hacerle plática al conductor.
Al llegar a la imponente residencia familiar, bajó del auto sola.
La entrada principal estaba precedida por una ancha y escalinata de piedra gris, que le daba un aire de grandeza al lugar.
Como la nieve ya había comenzado a acumularse, Ivana subió los escalones con extrema precaución.
De repente, soltó un grito de sorpresa al sentir un potente chorro de agua fría impactando contra ella.
Con el clima helado y la nieve cayendo, el agua empapó la manga de su abrigo, helándole el brazo hasta los huesos.
Al levantar la vista hacia la puerta, vio a un niño de unos cuatro o cinco años apuntándole con una enorme pistola de agua.
El rostro de la criatura le resultaba extrañamente familiar. ¿Dónde lo había visto antes?

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