En las imágenes se veía a un hombre en un lujoso auto recogiéndola. Al abrirle la puerta, el hombre le ofrecía la mano con sumo cuidado para ayudarla a bajar.
La silueta de ese hombre le resultaba dolorosamente familiar.
El brillo de la pantalla del celular de repente le pareció insoportable, lastimándole los ojos.
Ivana bloqueó el teléfono y continuó tomando su sopa en un silencio sepulcral.
De golpe, un espasmo violento le sacudió el abdomen, como si una mano helada le estuviera estrujando el estómago.
Una gota de sudor frío resbaló por su sien. El dolor agudo la obligó a encogerse, haciéndose un ovillo sobre el sofá.
Seguramente el frío que había pasado estaba empeorando su gastritis.
Su frasco de pastillas estaba en el bolso.
Con gran esfuerzo, extendió un brazo tembloroso para buscar entre sus cosas.
Logró sacar el frasco, pero sus manos temblaban tanto que era incapaz de desenroscar la tapa.
En un acto de desesperación, arrojó el frasco contra el piso. El delgado cristal se hizo añicos, esparciendo las pastillas sobre la alfombra.
Tuvo que arrastrarse por el suelo y, con las yemas de los dedos, recoger un par de comprimidos.
Como no tenía agua a la mano, se las tragó en seco.
Sabía que tendría que esperar unos minutos para que el medicamento hiciera efecto.
Se mordió el labio inferior hasta casi sacarse sangre, negándose a emitir un solo quejido, mientras el dolor estomacal la dejaba al borde del desmayo.
Yadira... ¡Yadira estaba allí, en la cena familiar de los Zavala!
¿Qué pretendía Nelson con todo esto?
¿Acaso esperaba que ella se sentara en la misma mesa con Yadira y su hijo bastardo, fingiendo que todo estaba en orden frente a los invitados?
Llevar a dos mujeres a la reunión de Fin de Año... ¿qué humillación era esa? ¿Estaba tratando de obligarla a aceptar públicamente a la otra como parte de la familia?
Por un lado, se negaba en rotundo a firmar el divorcio; y por otro, mantenía a su gran amor y a su hijo ilegítimo. ¿Qué era lo que realmente quería?
El recuerdo de aquel niño en la entrada, con la misma sonrisa sádica y repulsiva de Yadira, le partía el alma en mil pedazos.
A medida que el dolor la dejaba exhausta, su mente comenzó a divagar en una bruma de imágenes borrosas, como si estuviera atrapada en una pesadilla.
Imaginó el inmenso comedor, lleno del bullicio festivo de la noche de Fin de Año.
Veía a Nelson sentado a su lado, ignorándola por completo. Toda su atención estaba volcada en la otra mujer.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado