Ivana se levantó pasadas las diez de la mañana.
Al estar de vacaciones, su ritmo de vida había bajado varias revoluciones y al fin podía darse el lujo de comer a sus horas.
Como no tenía que trabajar, decidió saltarse los analgésicos y tomar únicamente su tratamiento para el estómago. Al fin y al cabo, ¡nadie en su sano juicio jugaría con su propia salud!
Sin embargo, el medicamento tenía un fuerte efecto sedante. Poco después de tomarlo, la mente se le nubló por el letargo, así que después de almorzar se dejó caer en la cama otra vez.
No volvió a abrir los ojos hasta pasadas las tres de la tarde.
Pasó el rato leyendo un poco y revisando el celular, hasta que una notificación de las redes de AlfaDesarrollo captó su atención.
Un artículo en particular la hizo detenerse y leer cada palabra con cuidado.
Lo guardó en sus favoritos, pensando en preguntarle a Silverio después de las fiestas si los rumores sobre las transferencias de personal eran ciertos.
Como estaban en pleno invierno, los días eran cortos. Apenas empezó a oscurecer, subió a su habitación con la intención de darse un baño caliente y relajarse.
Al quitarse la pijama, su cuerpo reveló un lienzo de moretones y marcas violáceas.
En solo un día, los golpes habían florecido con crudeza.
Ivana se miró de reojo en el espejo y hasta ella misma sintió un escalofrío. En sus oídos aún resonaba el eco sordo de sus huesos golpeando contra los fríos escalones.
Al entrar a la ducha, se aplicó el jabón con extremo cuidado. Las zonas donde la piel estaba más oscura le ardían con el más mínimo roce.
Pero, a mitad del baño, la puerta se abrió de un tirón desde afuera.
Como todavía faltaba para que Nelson saliera del trabajo, ella solo había echado el seguro, sin molestarse en trabar la puerta.
Jamás se imaginó que alguien irrumpiría a esa hora. Por puro instinto, cruzó los brazos sobre su pecho para cubrirse.
Con el agua cayéndole a cántaros desde la regadera, se frotó los ojos bruscamente para quitarse las gotas y logró enfocar la silueta en la entrada.
¡Era Nelson, con una expresión gélida que congelaría a cualquiera!
Sin embargo, antes de que ella pudiera gritarle una sola grosería, el hombre retrocedió y la puerta volvió a cerrarse.
Eso sí, tras el violento tirón, la cerradura se había estropeado y quedó una pequeña rendija abierta.
—¡¿Está loco o qué?!
Ivana se dio prisa en enjuagarse la espuma y se envolvió rápidamente en una toalla, pero dudó antes de salir.
Así que, para hacer tiempo, tomó el secador y se arregló el cabello. Solo cuando estuvo completamente seco, salió a paso lento y cauteloso.
Como era de esperarse, Nelson estaba montando guardia afuera. Sin decirle media palabra, la tomó del brazo y la arrastró hacia la habitación.
—¡Oye! ¡Ni siquiera me he puesto la ropa!
Ivana estaba irritada consigo misma por haber olvidado meter su ropa limpia al baño.
Pero Nelson la ignoró olímpicamente y soltó con frialdad: —¿Acaso hay alguna parte de ti que no haya visto ya?
Ivana se quedó sin palabras.
Apenas cruzaron el umbral, Nelson se giró y le echó llave a la puerta.
Levantó una mano para apartarle un mechón húmedo que se le pegaba a la mejilla y, al segundo siguiente, ¡le arrancó la toalla de un solo tirón!
Ella se cubrió instintivamente. —¡Nelson, eres un imbécil!
Pero al maldito hombre no le importaron sus insultos. Si antes la sostenía con una mano, ahora usó ambas para agarrar las muñecas de ella y obligarla a abrir los brazos de par en par, dejándola totalmente expuesta.
Al instante, las extensas manchas púrpuras quedaron a plena vista.
Nelson señaló la cama con la barbilla. —Acuéstate.
Ivana se tensó. Mientras dudaba si ponerse boca arriba o boca abajo, Nelson ya se había dado la vuelta y regresaba con el botiquín de primeros auxilios.
Solo entonces entendió sus intenciones. Soltó un suspiro de alivio y se acomodó boca abajo sobre el colchón.
El contacto frío de la pomada contra su piel la hizo estremecerse, pero las manos que la aplicaban eran firmes y cuidadosas, evitando presionar las zonas más sensibles.
Él le levantó el brazo con delicadeza, sacó un poco de crema con las yemas de los dedos y comenzó a masajear cada golpe con una concentración absoluta.
Ivana sintió cómo él ajustaba la intensidad de sus movimientos según la gravedad de cada hematoma: unas veces daba masajes suaves y, en otras, simplemente esparcía la medicina con lentitud.
Sus nervios, antes al límite, empezaron a ceder, y hasta el olor antiséptico y herbal de la pomada le pareció extrañamente reconfortante.
Sin embargo, estar postrada ahí, completamente desnuda, no dejaba de ser incómodo.
Para sobrellevarlo, no paraba de repetirse mentalmente: «Eres solo un trozo de carne... solo un trozo de carne...»
Tan metida estaba en su mantra que, cuando Nelson terminó con su espalda, aquel "trozo de carne" se dio la vuelta por iniciativa propia.
Al quedar boca arriba, Ivana pudo observar el rostro de él.
Tenía el ceño levemente fruncido y en sus ojos solo se reflejaba un cuidado puro y meticuloso.
Definitivamente, la mejor faceta de Nelson era cuando actuaba como médico.
¡Quizás la única forma en la que podrían llevar la fiesta en paz era siendo paciente y doctor!
Mientras Ivana se perdía en sus divagaciones, la voz ronca de Nelson rompió el silencio.
—¿Por qué no me dijiste nada sobre lo que pasó ayer en la entrada de la casa principal? ¿Tan poco confías en mí?

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