El funeral de su padre fue bastante modesto; solo asistieron algunos familiares a dar el pésame.
Su madre lloraba desconsolada, sintiendo que se le desgarraba el alma. A fin de cuentas, ¡era el esposo que la había acompañado durante media vida y se había ido para siempre!
Ivana abrazaba a su madre con preocupación, sintiendo claramente que de ella no quedaba más que un puñado de huesos.
De pronto, entraron una mujer y una joven. Ivana creyó que eran antiguas compañeras de trabajo de su padre y estaba a punto de acercarse para preguntarles sus nombres.
Sin embargo, la mujer caminó directo hacia el ataúd. Sin siquiera dignarse a mirarlas, cayó de rodillas frente al altar.
—¡Papá, mamá y yo vinimos a verte! ¡Vinimos a darte el último adiós!
Yadira parecía haber reprimido sus emociones por mucho tiempo, porque en el momento en que se arrodilló, rompió en un llanto desgarrador, cargado de una inmensa tristeza.
Sin embargo, esa sola palabra dejó a Ivana petrificada en su sitio.
Aunque habían pasado muchos años, esa escena seguía grabada en su memoria.
Yadira se inclinó frente al ataúd sin ningún pudor, temblando por los sollozos, ¡como si quisiera vaciar todas sus penas en esas lágrimas!
¡Cada vez que gritaba «papá» con esa voz desgarrada, se convertía en una pesadilla que Ivana y su madre jamás podrían borrar de sus vidas!
—Domingo, ¿cómo pudiste dejarnos así? ¡Ni siquiera pudiste ver crecer a nuestra hija!
La mujer que acompañaba a Yadira lloraba con el mismo dolor insoportable, arrodillada frente al ataúd, sufriendo como si se le hubiera muerto su propio marido.
La situación se volvió un caos. Ivana y su madre se quedaron paralizadas, sin saber qué hacer.
Su primera reacción fue pensar que aquellas dos mujeres se habían equivocado de funeral.
Pero una vez terminado el sepelio, la mujer se presentó en su casa junto a Yadira y sacó unos papeles: ¡una prueba de ADN que demostraba que Yadira era la hija biológica de Domingo!
—Si no me creen, pueden llevar a Yadira y a Ivana a hacerse otra prueba para confirmar que son medias hermanas.
En ese momento, su madre se negó rotundamente a creerlo. ¿Cómo no iba a conocer a su propio marido?
¿Y si era producto de una relación antes del matrimonio y la exnovia lo había ocultado todo este tiempo?
¡Seguro se enteró de que su esposo había fallecido y ahora venía a buscar dinero!
La mujer se limpió las lágrimas que aún tenía en el rostro y, sin prisa alguna, sacó un par de cosas de su bolso.
Un teléfono y una tableta.
El teléfono era del mismo modelo que usaba Domingo, solo que en otro color.
En él estaba el historial de llamadas que él les había hecho a ella y a su hija durante todos esos años, además de varias grabaciones de voz.
Y en la tableta, había montones de fotos y videos.
Había cientos de fotos. Solo bastaba con darles un vistazo a las fechas en la parte inferior para darse cuenta de que eran recuerdos acumulados por muchos años.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Llegas tarde: el divorcio ya está firmado