—¡No tengo tiempo!
La respuesta de Ivana fue breve y cortante.
Nelson se esforzó por reprimir las emociones que se arremolinaban en su pecho. —¿No estás de vacaciones? ¿En qué podrías estar tan ocupada? ¡Ven rápido!
—Le hice una cita a Lana en la estética canina para un baño y corte.
Nelson enfureció al escucharla mencionar a esa perra. —Esa perra tiene cara de señor amargado, ¿qué necesidad hay de arreglarla tanto?
Al levantar un poco la voz, el esfuerzo hizo que le doliera la herida del oído, y rápidamente se frotó la cabeza.
—Ivana, he estado de muy mal humor estos dos días, ¡no me provoques!
Pero antes de que pudiera terminar su amenaza, la línea se cortó con un tono de ocupado.
Nelson se quedó sosteniendo el teléfono en el aire y, un momento después, lo bajó lentamente.
Incluso la ira que había descargado por el auricular se esfumó, dejándolo sentado al borde de la cama, derrotado.
¡Toc, toc! Alguien llamó a la puerta nuevamente.
No fue muy fuerte, pero fue suficiente para hacerle perder la paciencia otra vez.
—¿No dije que no me molestaran? —gritó hacia la puerta sin siquiera levantar la vista.
La puerta se abrió un poco y alguien se asomó. Al ver el rostro furioso de Nelson, la persona se quedó paralizada.
—Nelson, ¿qué te pasa?
Al reconocer a la visita, la expresión de Nelson se transformó; borró la furia de su rostro al instante y se puso de pie.
—Mamá, ¿qué haces aquí?
Nelson sintió que el rostro le ardía de vergüenza al recordar lo grosero que acababa de ser.
¡Era Mariana Basurto, la madre de Ivana!
Llevaba puesto un grueso abrigo de invierno y miraba con recelo los restos de cristal y el agua en el piso.
Pero pronto su atención se desvió hacia el brazo inmovilizado de Nelson.
—Justo vine hoy al hospital para mi revisión de rutina... Pasé por el puesto de las enfermeras y escuché que te habían internado, así que vine a buscarte.
Observó el semblante de Nelson y preguntó con preocupación: —¿Qué le pasó a tu brazo? ¿Es grave?
Al escuchar eso, Nelson volvió a sentarse en la cama de manera torpe.
Pareció que el movimiento brusco le jaló la herida, porque frunció el ceño por el dolor.
—Estoy bien, mamá, no te preocupes, ¡fue solo un accidente menor!
Mariana se asustó. Corrió a ayudarlo y se encargó de arroparlo con las sábanas.
—¡Ay, muchacho! Siempre eres así. ¿Cómo aguantas el dolor sin decir nada? ¿Por qué estás solo? ¿Dónde está Ivana?
La mirada de Nelson se apagó de inmediato. Bajó la cabeza y respondió con una voz deliberadamente ronca.
—Cof, cof, la verdad es que ya estoy mucho mejor. Al menos no hay fractura, y el doctor dijo que solo necesito reposo un par de meses. No me atreví a molestar a Ivana.
—Ya sabe que, desde que empezó a trabajar, no tiene tiempo para nada. ¿Cómo iba a ocuparse de mí? Pero no importa, ya me acostumbré a estar solo.
Al decir esto, se le pusieron los ojos un poco rojos.

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